sábado, 27 de marzo de 2010

Vida del Padre Domingo Muñoz (y IV)

Allá por el verano del año 1826, el Almirante venezolano José Prudencio Padilla mandó enviar a treinta hombres de la policía costera a la isla de Aruba, muy cerca de Maracaibo, para que cumplieran una importante misión. Había sabido, por las declaraciones de un pirata recién apresado a quien se conocía como “Congo”, que en un lugar remoto de ella, al que se llama Cerrito Colorado, se encontraba la principal guarida del terrible pirata Muñoz. Siguiendo las indicaciones del prisionero, el retén de la policía costera entró a una cueva donde encontraron numerosos restos de velas de barcos, una larga cadena con argollas, un altar con flores y diversos artículos religiosos. Pero del pirata, su amante o el fabuloso tesoro que todo el mundo decía que ocultaba en aquél lugar, nada. ¿Dónde habían ido a parar Domingo Muñoz y Wanda?

Congo conoció a Wanda cerca de diez años atrás en los Estados Unidos, cuando su amo, el mercader español Pedro Cires, la entró en su casa por primera vez, para encerrarse en la alcoba con ella durante casi un día. Desde entonces, las visitas de aquella rubia de acento extraño fueron siendo cada vez más frecuentes, hasta que un día, seguramente apremiado por la necesidad de volver a Quito para atender sus negocios, le propuso matrimonio. Wanda aceptó.

La nueva pareja se trasladó a vivir a una hacienda a las afueras de Quito, rodeada de todas las comodidades imaginables entonces, y servidos con toda la diligencia del mundo por la servidumbre de la que disponía el mercader; el sirviente negro y cojo llamado Congo, que gozaba de la total confianza de su amo, también les acompañaba en su estancia en aquella hacienda.

Para Wanda aquel lugar nada tenía que ver con la ruidosa y animada metrópoli que acababan de abandonar, y además se veía obligada a pasar la mayor parte del tiempo en total soledad. Así que no tardó en organizar su vida lo mejor que pudo, sin contar con su marido y alternando con gentes de todo origen y condición. Conoció a un hombre de origen francés llamado Maurel, del que pronto se hizo amante. La noticia no tardó en llegar su marido, pero éste decidió dejar que el asunto continuara sin intervenir para nada.

Pero entró en escena el párroco del Sagrario en Quito, quien enterado del escandaloso adulterio protagonizado por la esposa de un rico comerciante afincado en el lugar, y siendo mujer y amante sus feligreses, pensó en tomar cartas en el asunto. Así pues, enterado el Padre Domingo Muñoz una noche de que estaba teniendo lugar uno de esos encuentros, fue a la casa del francés, y sacó de ella a la rusa entre empellones y medio desnuda, para llevarla de esa guisa ante su marido.

A Cires no se le ocurrió mejor cosa, para mostrar su agradecimiento al Padre Muñoz en aquellos tiempos convulsos de guerra contra la metrópoli, que acoger bajo su protección al buen sacerdote que tan celosamente había luchado por defender su honor.

Cuando algunos años después, hacía 1826, Congo fue apresado por actos de piratería, no detalló en sus declaraciones ante la justicia qué es lo que ocurrió a continuación. Simplemente dio a entender que Domingo y Wanda terminaron por hacerse amantes, después de una tórrida relación inicial, y un buen día el marido apareció muerto. Todo lo que ocurrió a continuación es ya historia para quien haya seguido las andanzas de este peculiar personaje.

Lo que sí contó Congo es que por fidelidad a su señora, se unió a la gavilla de piratas que huyó de prisión encabezada por el párroco, y que durante cosa de cuatro años saquearon todo barco que se les ponía a viento. Explicó también que tenían dos bases de operaciones. La primera y más importante estaba en la Isla de Aruba, en una de las muchas cuevas de Cerrito Colorado que entonces utilizaban como refugio los piratas. La otra, menos conocida y que no precisó, estaba en algún lugar de la costa norte de Cuba. Su área de operaciones era pues, todo lo que quedaba entre ambos puntos.

Muñoz gustaba de celebrar misas en estos dos lugares, en los que hasta acondicionó sendos y lujosos altares para dar a la ceremonia mayor solemnidad. Había instalado otro en el mismo barco, pues no era cosa de pasar un día, o la oportunidad de dar las gracias por el éxito en un abordaje, sin hacerlo celebrando un oficio religioso.

Pero ¿en qué consistían estas misas?

Un tal Diego Díaz, pirata también en el Enmanuel, que fue capturado por la goleta “New York” cerca de Puerto Rico, dio todo tipo de detalles sobre estas ceremonias. Según contó, en ellas se ejecutaba a los prisioneros que más se habían resistido durante el abordaje, torturándolos e incinerándolos después. Congo hacía de verdugo, Muñoz de oficiante y Wanda, sentada en una especie de trono labrado lujosamente en madera, presenciaba todo ello, luciendo las mejores joyas y vestidos que se habían obtenido en el saqueo.

A continuación celebraban un banquete en el que no faltaban las mejores viandas, vinos y productos alucinógenos que eran servidos en vajillas de plata lujosamente ornamentada. Mientras se iban excitando los ánimos, los piratas, uno a uno, se acercaban al trono de Wanda donde le ofrecían parte de su botín y le rendían homenaje como si de una diosa se tratara. En un momento dado, ella abandonaba el trono y se encadenaba a una de las paredes de la cueva, o al palo mayor de la nao, para entregarse, entre gruñidos y risas histéricas, a la tripulación.

Existe un relato de la época, que cuenta cómo una pequeña goleta de unos 10-11 hombres fue capturada por un extraño pirata que llevaba una gran cruz de plata colgando de una cadena de oro en el cuello. Tras reunir a sus hombres y a los prisioneros en cubierta, el tal capitán comenzó una prédica, con la Biblia abierta entre las manos, en la que mandaba a su tripulación que terminaran con los cautivos ahí mismo. Tras él, estaba sentada en el suelo una mujer rubia medio desnuda, adornada con muchas de las joyas que habían saqueado en aquella goleta, atada a una cadena y riendo con una alegría histérica.

Durante el interrogatorio, preguntaron a Congo sobre este asunto, sobre si Wanda tomaba parte voluntaria en estas orgías en las que se mezclaba de manera tan evidente el alcohol, las drogas y la sobreexcitación. También quisieron saber si esa adoración que le demostraban en aquellas extrañas misas la hacían por considerarla una señora todo poderosa, o una esclava a la que deseaban.

Las dos cosas al mismo tiempo-, respondió

En algún momento de 1825, si hemos de creer las declaraciones de Congo, Muñoz disolvió su grupo, dividió parte de un tesoro que tenía oculto entre los miembros de su tripulación, y desapareció con Wanda sin que nadie pudiera dar razón del lugar a donde habían marchado. Al contar esto, Congo agregó que no repartió sino una ínfima parte del gran tesoro que tenía oculto y que todavía permanecía enterrado en algún lugar de Cerrito Colorado en Aruba. Todavía hoy en día, el tesoro del “sacerdote Pirata” en Aruba, es considerado como uno de los más legendarios, buscados e importantes tesoros del mundo.

Hay quien asegura que Wanda y Muñoz fueron asesinados por sus propios hombres, hartos de la conducta cada vez más extraña y trastornada. El mismo Congo manifestó en sus declaraciones que los delirios de ambos se mostraban cada vez de manera más acentuada, y que en cierta manera, fue ese el motivo por el que él mismo abandonó a su antigua ama cuando se disolvió el grupo.

Desde entonces, nada se supo de su paradero. Cuando en el año 1827, alguien dijo haber visto a una pareja de blancos que merodeaban desnudos por las selvas próximas a la desembocadura del Orinoco, en Venezuela, y de los que unos nativos que los habían acogido un tiempo contaron que estaban locos; muchos de los que les conocieron aseguraron que no había duda alguna de que eran ellos.

Pero todo esto ya entra dentro de la leyenda, aunque quizá no merezca ser desdeñada por ello, pues gran parte de la historia, también la de estos personajes, ha sido construida apoyándose en los cimientos de lo legendario.

“Éste es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en un hecho, se imprime la leyenda”

Algo así es lo que responde un director de periódico a Ramson Stoddard cuando éste le confiesa que no es él “El hombre que mató a Liberty Valance”, en aquella maravillosa película de Ford. Tengamoslo presente cuando se llega al cierre de esta historia.

Preguntado cuándo fue la última vez que vio a Wanda, Congo dijo que la encontró en pie, inmóvil como una estatua, a la entrada de la cueva de Aruba. Estaba toda ella, desde los dedos de los pies hasta los cabellos, adornada de joyas de oro y piedras preciosas, hasta tal punto que le dio la impresión de parecerle un ídolo pagano, petrificado, dispuesto a ser venerado por todos ellos, que no eran otra cosa que sus más fieles adoradores. Cuenta que sus extraños ojos esmeralda estaban desmesuradamente abiertos y se fijaban, como en éxtasis, en ese punto del horizonte en el que se unen el mar y el cielo.


10 comentarios:

Leodegundia dijo...

Bueno, por fin llegó el final de la historia de este personaje tan pintoresco. No hay duda de que la cabeza no le regía bien y eso le hacía pasar de una gran crueldad con los que caían en sus manos a celebrar misas para dar gracias a Dios por el éxito de los abordajes. Y Wanda estaba tan chiflada como él. Con razón dicen que Dios los cria y ellos se juntan.
:-) No se de dónde sacas todas estas historias, pero logras todo el interés de tus lectores.
Y ahora nos toca esperar para ver con que nos sorprendes a continuación.
Un abrazo

Goathemala dijo...

Como en esa cita de extraordinaria película de Ford, la leyenda cubre a historia sin que sea posible discernir ahora si esos rituales orgiásticos, sádicos y eucarísticos eran verdad o cosa inventada o exagerada.

Sea como fuere, desde luego la historia merece conocerse y hacerlo de tu mano que tan bién domina el tiempo y la palabra, es un goce.

Un abrazo y salud, salud, salud.

anarkasis dijo...

estas historias que no terminan ni bien ni mal sino mejor que empiezan, me encantan

Charles de Batz dijo...

La mayor parte de las veces, querida Leo, estas historias las saco de alguna referencia que encuentro en mis lecturas y que, al llamarme la atención, voy tirando del hilo para ver hasta dónde puedo llegar con lo que tengo a mano. En este caso, la encontré en una breve mención que se hace a él en el libro titulado "Nuestros piratas" de Angel Joaniquet, aunque la mayor parte, no toda, de la información la conseguí mucho después en la "Historia mundial de los piratas, filibusteros y negreros" de Jean Merrien. Ambos son libros muy recomendables para el que guste de estos temas.

Esa es la duda que me quedó, amigo Gothemala, sobre todo en lo que se cuenta en la última parte ¿leyenda o realidad?. Lo que leí sobre ello es siempre muy oscuro y, desgraciadamente, no he podido acceder a los documentos originales -los interrogatorios-, sino a referencias que se hacen a ellos...

No se si bien o mal, Anarkasis, lo que para mi que el final es un tanto inesperado y bastante literario. Lo que me extraña es que, que yo sepa, nadie le haya hincado el diente a esta historia, pues tiene lo suyo para dramatizarse y hacer algo curioso. Será que no son anglosajones, digo yo.

Gracias por seguir esta historia y comentarla.

Salud

Isabel Romana dijo...

Bueno amigo, ha sido una historia extraña y truculenta, increíble. Parecería más fruto de la imaginación que de la realidad, si no fuera porque sabemos que aquella siempre va por detrás de ésta. Felicidades por la manera en que la has narrado. Un beso enorme.

Charles de Batz dijo...

Realmente extraña y truculenta como tu bien apuntas, querida Isabel. Como imaginas, lo que cuento es lo que he leído es distintas fuentes, le he dado una forma y lo he salpimentado una pizca para redondearlo un poco. Espero que os haya gustado.

Gracias por tus palabras, me animan a seguir.

Salud

Salamandra dijo...

La historia es tan increíble que no tiene más remedio que ser verdad.

Y después de leerlo dos o tres veces me he dado cuenta de lo bien que suenan los topónimos.

Vere dijo...

Muy bien rematada la historia. Realmente tienes razón en que tiene todos los ingredientes para hacer algo con ella, me ha encantado.

Charles de Batz dijo...

Lo mismo pensé de los topónimos, Salamandra, especialmente me gustó el de Aruba. Creo que ya lo he comentado por ahí arriba, y es verdad: el personaje es real y yo, por lo menos, he inventado muy poco, por no decir que nada.

Celebro que te haya gustado, estimado Vere. Temía haber alargado demasiado una historia que inicialmente pensaba narrar en una sola anotación, pero es que no querida dejar de contar determinadas cosas,y averiguar si era capaz de darle una estructura variada.

Salud

Vere dijo...

Pues a fe que lo has conseguido Charles

Geoclock


contador