viernes, 24 de octubre de 2008

El profeta y el músico

Dándole vueltas a las aficiones gastronómicas de esa especie de Diógenes bíblico que era Juan Bautista, di con una curiosa anécdota relacionada con uno de los músicos más innovadores del siglo XX: Louis Amstrong. Según se cuenta en ella, gustaba de explicar que su voz era tan grave y cavernosa porque siendo niño su madre le daba para comer sopa a base de cucarachas.

- No había otra cosa, y a todos nos parecía entonces deliciosa -, añadía a la vez que iluminaba su rostro con una amplia sonrisa.

Atrapada mi atención por la anécdota, pasé a pensar en los comienzos del gran Louis, en su maestro “King” Oliver, en la virtuosa y pizpireta Lil Hardin, en Johnny Dodds y Honore Dutrey, y en otros muchos que como ellos supieron sacar de lo más oscuro y miserable del mundo moderno, algo tan hermoso y lleno de vida como es el Jazz. Es posible que la respuesta esté dentro de su propia música, escondida tras la danza de aquellas notas que parecen invitarnos a huir de la realidad.

(Dado que es viernes y tengo el atrevimiento de ponerme a hablar sobre música, va esto a quienes lo hacen este mismo día con mucho más ingenio, derecho y talento. Salud a mis amigos Vere y Herri)


miércoles, 1 de octubre de 2008

Los peces muertos

Todavía no alcanzaba con su nariz al borde de la mesa, y ya corría por el pueblo como si fuera el señor de él: las tapias eran para saltarlas, las fuentes para hacer sifón con ellas y empapar a las pobres vacas que atravesaban el pueblo, y los gallineros para robar huevos y correr delante del gallo antes de que diera con el pico en la cabeza. En la taberna estaba proscrito, y no sólo por ser un niño y además agote, lo estaba también por entrar en ella como el rayo y beberse todos los culos de vaso que alcanzaba en su relampagueante paso. Al verle entrar, todos los parroquianos agarraban con fuerza sus bolsas de tabaco, sabedores de que no sería la primera vez que volaban, y casi sin interrupción lanzaban un bastonazo al aire en un vano intento de dar su merecido a aquel pequeño diablo al que todos decían Mediociego.

Pocas eran las ocasiones en que le alcanzaban, pero cuando lo hacían se desquitaban con holgura de las burlas y risotadas que les dedicaba aquél bribón. A base de palo, no dejaban un hueso sin moler, lo llenaban de moratones y el barbero del pueblo, que también había participado del festín, tenía que correr a su casa a por unas hierbas y la cuchilla de sangrados, para devolver al pobre Mediociego al mundo de los vivos.

El nombre le venía de un algo que tenía en los ojos, como una fina tela azulada que hacía que al caer la noche o entrar en un lugar oscuro, perdiera la poca visión que tenía, quedándose como ciego. No recordaba haber visto mejor nunca, por lo que hasta cierto punto vivía como acostumbrado a ello. A fin de cuentas pertenecía a una raza maldita y ese, seguramente, era el motivo de su mal.

La parroquia de Saint-Félix-d'Aucun era su lugar preferido para ocultarse de sus perseguidores -me acojo a sagrado como los bandidos, pensaba-. Cuando entraba en ella, corriendo antes bajo los extraños y obscenos gestos de los canecillos, pasaba a recordar mentalmente la lección que la experiencia de tantas visitas a aquél refugio le había enseñado:

Dos pasos hacia dentro.

Tres escalones.

Un paso.

La zona de sillas de los vecinos no propietarios.

Izquierda y tres pasos hasta nuestra pila bautismal, la de los agotes.

Derecha.

Unos siete pasos hasta dar con mi escondite, tras la pila bautismal de los vecinos.

Aquél era el lugar en el que mejor se sentía de todos lo que conocía. Era fresco, silencioso y, fuera de los momentos de oficio, solitario. Solía pasar el rato tumbado en el suelo, dando patadas al aire o al pie de la pila. Cuando se aburría, acercaba su mano y el rostro a aquella, y olisqueaba con cierto placer la humedad de la piedra tallada, a la vez que recorría con sus manos todo el adorno que alguien, hace tiempo, labró en ella.

Todavía no alcanzaba con su nariz mas allá de las figuras que olfateaba, pero para él, después de pensar mucho en ello, lo que había en el interior de la pila no era ningún misterio. Dentro había agua, y habiendo agua seguro que también habían peces, hermosos y de muchos colores por ser de la parroquia. No hacía falta más que entender lo que sus dedos veían en lo labrado en el rededor de la pila, para saber que aquellos peces estaban ahí para algo, y él conocía el porqué: cada vez que las aguas bautismales caían sobre ellos, despertaban de su letargo removiendo el agua hasta reflejar en forma de imágenes lo que iba a ser la vida del recién nacido.

Estaba seguro de que en muchos casos, aquellas premoniciones eran parecidas a lo que narraban las imagenes que recorría con sus dedos, y por eso alguien las había dejado marcada ahí: él mismo se soñaba de mayor conociendo los secretos de la piedra que trabajaba; saliendo de caza a caballo, acompañado de sus perros; y celebrando animado un festín en el pueblo, hasta que con el caer de la noche se desposara con quién iba a ser la mujer de su vida. ¿A caso no lo había visto así?.

No lo recordaba, pero seguramente su mala vista tampoco le hubiera permitido ver si en ese estanque -o mejor dicho, en el que pertenecía a los de su estirpe-, los peces habían hecho esta o aquella figura, brillando con mil vivos colores; si habían saltado intentando mordisquear su pequeña nariz; si bucearon hasta lo más profundo de aquellas aguas, o, simplemente no hicieron nada, pues flotaban muertos en su superficie.



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