miércoles, 31 de diciembre de 2008

Al otro lado espera

Estaba tirada en el suelo, en el aparcamiento de un centro comercial a las afueras de Beaumont-du-Périgord.

Ricorée

Beurre

1 l. de lait

Fromage

Café 1 paquet

Huile...

Apenas una pequeña lista de productos que alguien esperaba llevar a casa aquél día y que, seguramente, había sido tirada al suelo una vez que los había comprado.

Saqué mi teléfono y le hice una fotografía.

Hasta en el suelo de asfalto de un lugar tan remoto como éste -pense-, damos con el eco silencioso de nuestros deseos, ninguno de ellos tan pequeño como para no poner siquiera un corazón dibujado en su extremo.

Eso es quizá lo que me gustaría tener presente en mis pensamientos, ahora que estamos ante una nueva puerta a punto de abrirse.

jueves, 11 de diciembre de 2008

MemoriaMix

Mi amigo Guillermo revisa con satisfacción los tacos de bacalao que acaba de comprar. Revuelve curioso la mano por dentro de la bolsa. Acabo de dejarle en la estación, he dado la vuelta, y al pasar frente a él ni me ha visto. Seguramente esté imaginándose ya removiendolos suavemente en la cazuela.

Una señora explica nosequé a su nieto que señala a través de un escaparate. No tengo tiempo de ver de que es la tienda. Le pone la capucha al pequeño. Empieza a gotear sobre la luna de mi coche.

Algo más adelante, una pareja cruza el puente protegida bajo un paraguas. Un hombre mayor se cruza con ellos, y el viento casi le lleva la boina. Eso es: mano sobre ella, e inclina un poco la cabeza hasta pasar el río.

Un grupo de estudiantes. Una chica sola. Más gente con la mirada en los escaparates. Un hombre leyendo el periódico mientras espera al autobús, y una muchedumbre que pasa de un lado a otro. Andamios. Semáforo en rojo. Dos empleados del servicio municipal de limpieza charlan animadamente sin darse cuenta de que uno pasa la escoba por donde ha barrido antes el otro.

Salgo ya de la ciudad. Al fondo, los montes están nevados. Aquí abajo está todo de ese verde que tiene la hierba cuando rebosa agua. Algún caserio que otro. Un pabellón a la derecha y las obras clásicas de la A8. Me salgo a la general.

Serán las dos y cuarto del mediodía. Serán, porque siempre llevo el reloj del coche como cinco minutos adelantado. Tengo hambre. Es hora de parar a comer.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Bron

Hace unas semanas me dispuse a poner algo de orden entre las anotaciones que tenía guardadas sobre las últimas etapas de nuestro Camino de Santiago. La intención, muy buena ella, era la de acabar de una vez por todas con el relato que he ido escribiendo acerca de las cosas que ví, escuché y experimenté durante aquellas jornadas.

Desgraciadamente, uno es muy voluble en lo que a interés se refiere, y si en ese momento estaba decidido a invertir todo mi tiempo libre en finalizar el relato peregrino, faltó que apareciera algo que llamara mi atención, para que la dedicación y la búsqueda tomaran de nuevo otros derroteros.

Me explico.

De entre esa maraña de servilletas de papel, publicidades, algún pedazo de cartulina y hojas de block arrancadas, me encontré con una, anotada apresuradamente, llena de abreviaturas y dispuesta casi en espiral, en la que sobresalía una frase escrita con más fuerza y subrayada para atraer la mirada, que decía:

Autrassei le broum?

Sin leer más, pude recordar que fue en Melide, en un pequeño establecimiento de esos pocos que todavía quedan y que son a la vez cantina, cacharrería, oficina de correos y tienda de alimentación. Apenas estábamos media docena de personas, contando a la dueña, viuda del antiguo cartero del pueblo, a quién habían hecho un pequeño monumento un poco más adelante, por el celo y los años de dedicación que había empleado en servir a su comunidad.

- Sólo él -nos dijo la buena mujer-, algún feriante y los pocos peregrinos que pasaban entonces, traían al pueblo noticias del mundo.

Recuerdo que fuera llovía suavemente, a modo de las cortinas que flamean con la brisa, y que envuelto en el calor de aquella penumbra y de lo que allí se contaba, mis pensamientos volaban lejos, hacía ese sentimiento de trascendencia que ni la más misteriosa de las lenguas sería capaz de traducir a palabras.

Y entonces, descubrí que había vuelto a perder el rumbo.

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