jueves, 18 de junio de 2009

El hijo de Caroline

De esto hace más de 150 años.

Si uno se fija con detenimiento en la fotografía, y deja de lado ese algo de inquietud que producen las imágenes del pasado, terminará por preguntarse por esa figura estática que parece estar observándonos sentada ante la puerta de la casa.

Pasaré a contar algo de ella.

Caroline nació en Londres el 27 de septiembre de 1794, era de origen francés y pertenecía a una de tantas familias que se habían exiliado a Inglaterra durante la revolución. Su madre pertenecía a una rica familia de Champagne, y su padre, originario de aquella misma región, murió un año después, en el desembarco de Quiberon.

Madre e hija regresaron a Francia en 1800, pero la primera falleció al poco, dejando a Caroline huérfana con tan sólo seis años. Los Perignon, familiares más próximos de la niña, fueron quienes se ocuparon de ella, dándole una educación acorde a una joven de su época, hasta que algunos años después, en 1819, contrajo matrimonio con un amigo de la familia, llamado François, que le llevaba entonces cerca de 40 años: “Aquél viejo (me parecía entonces viejo -!yo era tan joven!-, con sus cabellos grises y sus cejas negras como el ébano) me gustaba por su espíritu tan original”.

Del matrimonio nació un niño, pero dada la edad del padre poco ha de extrañar que pronto los dejara viuda y huérfano. Caroline, que, para aquél entonces debía estar más que acostumbrada a la pérdida de sus seres más próximos, volvió a casarse poco después, por conveniencia, con un militar de costumbres rígidas y puritanas, que llevarían a enfrentar a madre e hijo, hasta provocar la ruptura entre ambos.

El resto de sus vidas no sería otra cosa que un intercambio entre ambos de reproches, de inútiles demandas de afecto...

Cuando me detengo a mirar esta fotografía, me imagino a Caroline esperando el regreso de su hijo, confiada en que asomaría algún día por la puerta del jardín. Lo esperó, pienso, incluso después de verlo morir lleno de dolor entre sus brazos.

Lejos, en la capital, quedaban impresos los versos del hijo de Caroline.


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