miércoles, 13 de julio de 2011

E il naufragar m'è dolce in questo mare

Recuerdo haber estado hace casi un año a la orilla de un imponente río cuyo caudal se desplazaba perezosamente hacia la lejanía. Terminaba el día y el sol comenzaba a ocultarse tras unas suaves colinas que asomaban al frente. Un delicado velo de tonos dorados cubría la superficie, acompañando con sus movimientos a los pasos de la brisa. En ocasiones, ambas se enredaban, formando minúsculos remolinos o salpicándose mutuamente. En esa ruptura –pensé- está la belleza.

Por una lógica asociación de ideas, identifique en aquél momento a ese río con otro que era el protagonista del libro que me acompañaba: una apasionada historia del Blues, llena de vivencias y sonidos remotos. Pero aquél día, frente al Loira, me parecieron menos lejanos de lo que se pudiera esperar. Era, indudablemente, el estar en su lectura lo que me llevaba a perder mis pensamientos en estas afinidades.

Pasado casi un año, todavía guardo en la memoria ese momento tan confortable. Y pienso, ahora que voy a cerrar este cuaderno, en que, en cierta medida, no debe ser el desaliento lo que lo justifique. Gracias a todo lo que en él he contado podré regresar, revivir e incluso reinterpretar aquello que, en algún momento, tuvo algún valor para mí.


viernes, 13 de mayo de 2011

Marie Solitude

- Se llamaba “Le Mont Saint-Michel” y navegaba hacia América. No se a dónde exactamente, ni con quién iba yo. Sólo que la misma noche del naufragio me encontraron en la orilla norte de l’íle de la comtesse.

- Te encontró el abuelo...

- Sí, el abuelo… Fue la primera cara que ví cuando desperté de aquél extraño sueño. Me cogió entre sus brazos, y dirigiéndome unas palabras tranquilizadoras que entonces no entendía, me llevó a su casa junto a la abuela y mis hermanos.

- ¿Y nadie pudo dar razón de la lengua que hablabas?

- Nadie, ni siquiera el maestro…

Marie colocó, como hacía todas las semanas, una postal en la orilla del mar, sujeta por una pequeña piedra para que no se la llevara el primer golpe de brisa.

- ¿Entonces, mamá, no recuerdas nada de lo que hubo antes?

- Nada.

- ¿Ni siquiera una imagen, un sonido… algo?

- De todo aquello creo que sólo conservo una sensación.

- ¿Cuál?

Las primeras aguas de la tarde rebasaron la orilla, volcando sobre sí misma aquella postal cubierta de sales y espumas, donde una hermosa y cuidada letra decía:

“Estoy aquí”

Marie


jueves, 28 de abril de 2011

El sonido de la tierra tragada por los gusanos

Leo en casa de unos amigos algo sobre los caminos, senderos y deseos que uno debe cruzar haciendo soledades para llegar a no se qué lugar... Lo mismo da. El destino, o el final si se quiere, no es lo que importa: más bien es lo que se quiere evitar, alargando marchas, y deteniéndose cada dos por tres en este o aquél ventorro para mitigar la sed, o hincar los dientes a alguna vianda de la que hace fama, o su honor, la tierra por la que se pasa.

Pero bueno, que no puedo evitarlo: cada vez que suena en mis oídos la palabra camino, revive en mi memoria el sonido del barro seco hollado por el paso lento y silencioso del viajero. Cada uno tendrá su sonido en la memoria, pero el mío es éste y la convicción de que quizá sea esa sensación de viaje, de continuo vagar, la que nos hace sentirnos especialmente vivos.

Recuerdo haber estado así de vivo hace muy pocos días. Era muy lejos de aquí, de donde ahora estoy, en un lugar donde no valen conexiones, ni coberturas: todo es silencio, y el escenario permanece cubierto por una niebla que lo abarca todo, haciendo creer al visitante que seguramente es eterna.

Esa misma mañana, mientras me desayunaba unos huevos con cecina en La Iglesuela, me hablaron de los viejos pilones que señalan, desde tiempos remotos, los caminos de la comarca para que el viajero no se pierda entre esas brumas o nieves que, como si se tratara de otra especie de bandidos, esperan atrapar al caminante a las afueras de los pueblos

- Hasta bien llegado al Puerto de las Cabrillas, camino del Portell, usted podrá ver muchos de ellos que todavía sirven para orientar a los pastores, o a cualquier otro caminante que se ande por aquellas alturas.

Caminaba en estos pensamientos, recordando lo que nos había hecho llegar sin premeditación alguna hasta aquél lugar, cuando el silencio en el que nos envolvía aquella niebla me devolvió a la estepa por la que llevábamos un buen rato caminando. Asomaba por entre esa quietud un crepitar suave, casi sedoso, desembarazado de la brusquedad que produce al arder la rama fina y seca. Pensé en el roce de la niebla con el suelo, pero no podía ser. Quizá alguna mata o árbol, que había escogido ese momento para estirar un poco más sus raíces. ¿Quién sabe, pensé?

Entonces recordé que aquél sonido era muy parecido al que oíamos -o por lo menos creíamos oir-, la chiquillería de Onara cuando salíamos antes de la madrugada a cazar txitxares para luego ir a pescar. Había uno que plantaba la oreja al suelo, nos pedía silencio y rebuscaba con ella ese peculiar sonido que, decía, avisaba de la existencia en aquél lugar de tan preciado botín.

- ¿Cómo sabes que ahí encontraremos txitxares?

- Porque los oigo mientras se arrastran por debajo de nuestros pies comiéndose la tierra...

A nosotros aquella imagen nos produjo bastante estupor; ¿se comían la tierra?, ¿la misma sobre la que caminamos y vivimos?, ¿quiere decir eso que algún día todo quedará como un gran queso de bola, en el que montes, valles o poblaciones desaparecerán completamente del mapa, engullidos por los dichosos gusanos?, ¿No sería mejor salir corriendo camino abajo antes de que nos tragaran?

Conocíamos muy bien los senderos que recorren Onara. Era muy difícil que alguien o algo fuera capaz de atraparnos en ellos. Sus trazos se enredaban en aquél valle como si se tratara de uno de esos enormes ovillos que nuestras abuelas acariciaban suavemente entre sus manos, antes de convertirlos en un jersey que nos protegería de los rigores del próximo invierno.

Cuando terminaba de amanecer, y el suelo quedaba salpicado de sol, recogíamos los bártulos y marchábamos al rio, muy cerca de la vieja central eléctrica, a probar fortuna con los comedores de tierra que habíamos capturado. Al llegar, nos sentábamos junto a la orilla, y mientras preparábamos nuestros cebos y cañas, la niebla iba despejando el cauce del rio.


domingo, 27 de marzo de 2011

Una línea de luz

Estoy intentando poner un poco de orden en unos papeles que hace tiempo abandoné con la esperanza de volver a ellos más adelante, cuando tuviera el ánimo recuperado y las ideas cambiadas. De ello me ocupo cuando siento que ahí fuera, por entre unos cielos cargados de nubes, asoma una fina línea de luz que rompe la monótona penumbra que me rodea, y entra directa por la ventana de mi casa. Ahí está: acariciando con sus extremidad uno de los juguetes favoritos de mi hijo. Quedo disfrutando del instante, incluso me da tiempo de hacer una fotografía, pensando a la vez en el claro significado que le daría a esto.

Ahora continuaré con lo que estaba haciendo.

martes, 15 de marzo de 2011

Beurre de Baratte. (Divagaciones)

No se por qué. Siempre que leo ese encabezado que reza en las páginas del FaceBook aquello de ¿qué estás pensando?, parece que me siento como obligado a responder. Será esa maldita educación que recibió uno, basada en dar una explicación de todo lo que hace; o quizá se trate de aburrimiento, o de ganas de contar algo. Cualquier cosa.

Pero bueno, puestos a responder, todavía no me hago a hacerlo por esas latitudes. No manejo bien aquél idioma, ni sus maneras y, en cierta forma, sigo prefiriendo además a este mi viejo cuaderno que ya con el tiempo, y la compañía de sus versiones anteriores, ha ido acumulando entre sus páginas -es un decir-, una estimable parte de los últimos años de mi vida.

Vale, pero ¿en qué pensaba antes de comenzar a divagar?.

Ahora pienso en un pedazo de pan tostado acompañado de una generosa porción de mantequilla bretona de baratte. ¿Bretona? ¿de baratte?. Sí a lo primero pues para mi gusto, y para el de muchos, es de las mejores que puede haber en una mesa. Es francesa, lo cual da licencia para hacerla con nata cruda, y batida en baratte -paso al si a lo segundo-, que es esa especie de zambomba, en la que tras un proceso de cerca media hora, este manjar adquiere ese sabor tan especial, y una cremosidad muy agradable para el paladar...

¿Alguien da más?. Si, si el susodicho pan es de los que cumplen las 6 leyes de Antoine Agustin. ¿Que qué es eso?: dejadme hacer mi sueño realidad, mezclando en cada uno de los bocados que voy a dar la sensación de una profunda cremosidad, sobre la base de un aromático y crujiente pedazo de pan... Otro día les cuento lo del tal Agustin.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Champ Dolent

Existe en Bretaña un lugar de nombre evocador, llamado Champ Dolent. En él descansa desde hace siglos un gigantesco menhir que, según la leyenda, cayó del cielo para separar a dos hermanos que se enfrentaban en una sangrienta batalla.

Así dice la leyenda.

Desde entonces, y cada vez que alguien muere en aquél lugar, el menhir de Champ Dolent se hunde un poco más, de manera imperceptible, bajo la tierra. Dicen, porque parece que todo lo que se cuenta en aquél lugar gira en torno a aquella antigua roca, que en el momento en que ésta desaparezca totalmente bajo la tierra, habrá llegado el día del juicio final.

lunes, 7 de marzo de 2011

Un mal día lo tiene cualquiera

¿Qué hay de ese mundo que buscábamos y con el que tantas veces hemos soñado?

En él quedó algo de nosotros, cuando todavía éramos capaces de soñarlo llevados de la mano de la estulta esperanza.

Quedó lo más puro.

Aquello que nunca seremos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Cicerón

Hace algunos meses pasé por Onara, el pueblo de mis abuelos, en una de esas visitas que pretendo hacer de incógnito, pero que pronto terminan por ser de encuentro con tías, primos y conocidos lejanos, que veo de lustro en lustro, pero que son capaces de reconocerme rápidamente.

Como siempre ocurre, y una vez que veo ya imposible el paso incognito por el lugar, entro en la taberna de Aurora, prima-tía lejana que siempre me recibe con una sonrisa en la boca y algo de comer preparándose en la cocina. No hay nadie ese día, tan sólo un cliente forastero que sale con su teléfono en la mano y un rollo de papeles en la otra.

- Pasa para adentro -me dice Aurora- que tú eres de la familia y no vamos a andarnos con ceremonias ¿no?

- ¡Claro que no, tía!

Hay en esa cocina algo que resulta siempre muy especial para mí. Es un encuentro para la memoria, provocado por el olfato. Nada más y nada menos que por un olor característico, único, que me transporta a un lugar indeterminado del pasado, que por darle cuerpo –supongo-, lo dibujo de manera inconsciente en forma de pasada infancia: rodeado de un calor impreciso, y bañado por una luz tenue, como la reflejada en la madera vieja, o la que se filtra en el interior de aquella misma casa por entre los visillos o las juntas de las viejas puertas.

Aurora parece adivinar mi encuentro, o quizá no hace sino repetir un ritual por lo menos tan antiguo como mi memoria, y me ofrece una taza de ese caldo cuyo aroma parece no querer abandonar aquél lugar. Me lo da con dos generosas rodajas de pan para hacer “sopas”.

Aquella cocina apenas había cambiado en todo el tiempo que yo la conocía. Mantenía sus antiguos fogones de hierro fundido, con sus tapaderas concéntricas que se levantan con una vara para obtener fuego vivo que se alimenta aún de madera. De la pared cuelga un calendario que aunque está al día, parece ser tan antiguo como la cocina. También hay una vieja mesa, platos soperos de duralex verde, marmitas, y en las paredes alguna que otra estantería llena de cacharros.

En medio de todo aquél maremágnum detengo siempre mi mirada en una antigua postal enmarcada que cuelga casi ya olvidada de la pared. En ella se ve lo que en Italia llaman mangia maccheroni en plena faena. ¿Qué hace eso ahí?, podría preguntarse cualquier forastero. Pues es Cicerón, podría responderle cualquier iniciado en los misterios del pasado de Onara. Es el viejo Cicerón que se fue para quedarse siempre aquí.

Marcos vivía en un pueblo vecino, no muy lejos de éste. Era de familia muy conocida aquí, pues una de sus abuelas debía haber nacido en Onara, y algo de recuerdo de ella quedaba en los más mayores. Además, su padre hizo algún negocio con la casa del herrero, y de lo que pasó también anda entre los recuerdos que los vecinos se transmiten de generación en generación.

El carácter de Marcos eran tan abierto y conciliador que todos parecían apreciarle en Onara. No eran pocas las veces que mediaba con éxito en disputas vecinales, ni tampoco las que una frase o sucedido que protagonizaba terminaba por ser el tema de conversación de todo el vecindario. Nadie recuerda si fue por influjo del párroco, o alguno de los numerosos maestro escuelas que caían por ahí, que todos en el pueblo dieron en llamarle Cicerón.

El caso es que Cicerón no fallaba a ninguno de los bailes dominicales del pueblo y allí conoció a Teresa, la hija de la casa de las dos huertas, a la que pretendió durante un tiempo, hasta que ocurrió algo que cambió sus vidas.

Tenía la casa familiar al pie del puerto de Velate y a su puerta llamaban todos los viajeros que necesitaban de su ayuda para subirlo con sus carros. Sabido es que burros y caballos no tenían fuerza para tanto, y que en estos lugares debían ser sustituidos por los bueyes –en este caso los del padre de Cicerón- para ascender hasta lo alto del puerto.

Su juventud coincidió con el paso de los primeros coches a motor por aquellos caminos, y desde entonces supo que algún día él estaría al volante de uno de ellos. Y así fue como algunos años después, poco antes de conocer a Teresa, se hizo con uno de esos artefactos y comenzó a trasladar a los agüistas desde la estación de Irún al balneario de Onara. Era un negocio que marchaba viento en popa, y si las cosas iban bien, quizá podría pensarse en comprar algo para transportar a más gente a la vez.

En esto estaba pues, y en sus amoríos con Teresa, un día de noviembre que trasladó hasta Pamplona a unos señores que desde ahí pensaban regresar en tren a Madrid. La noche le cogió en pleno regreso, cubriéndolo todo de una oscuridad que ni la luna se asomaba a ver.

Según cuentan fue cerca de la venta Quemada donde se salió de la carretera y aunque parece que salvó la vida, su coche se perdió para siempre en las entrañas de aquél puerto. Alguien contó que le vio esa noche quieto en el lugar del accidente, en silencio, con las manos en los bolsillos mirando al fondo del barranco. La luna había podido por fin asomar de entre las nubes, cubriendo aquella soledad de un profundo azul oscuro.

Nada más se supo de él hasta unos años después. Teresa marchó con su madre a hacer las Américas, y en su familia habían fallecido todos. Así que el cartero, después de pensar a quién entregaba la carta, terminó por dársela a la madre de mi abuela, que regentaba entonces la misma taberna en la que yo estaba. Aquél era el lugar de reunión de todos los del pueblo, y no había otra manera mejor de comunicar la noticia que aquella.

A lo largo de los días siguientes, la procesión de vecinos por la taberna fue continua. Todos se apresuraban a preguntar por el contenido de la carta postal, el mismo que yo me había levantado a leer, descubriendo la tapa trasera del marco que la protegía.

“Estoy aquí”

Marcos

Aurora disfrutaba contando lo que desde hace ya cuatro generaciones venía siendo una anécdota familiar: a lo largo de los días siguientes, todos los vecinos del pueblo se acercaron hasta la taberna con las gafas, una lupa o la vista bien preparada para poder identificar entre los mangia maccheroni al desaparecido Cicerón. Hubo quien creyó encontrarle justo en el centro de la imagen, al fondo, con una gorra, mirando sonriente a la cámara; otro lo veía oculto tras el brazo del cocinero que hacía el signo de la victoria, y había quien simplemente no lo vio por ninguna parte, pensando que se trataba de una broma.

- Sin duda es de Cicerón ¡Pero él no está aquí! –apartaban la carta de su lado de la mesa mientras agitaban la cabeza.

Mientras volvía a dejar la postal enmarcada en su lugar, pensé en los motivos que llevaron a Marcos a abandonar todo aquello de manera tan repentina e inesperada. Pero más que los motivos, me admiraba el valor que había tenido para huir, para abandonar una vida próspera y segura, y lanzarse al abismo de la incertidumbre.


domingo, 9 de enero de 2011

Indomable


- Cada vez se parece más a ti -dice su madre cuando ve que el pequeño intenta escalar todas las paredes que encuentra a su paso, asomarse curioso a los puentes, o lanzar la mirada a lo alto cuando la brisa mece los verdes campos.

Y a uno le queda la sensación de que no recuerda haber tenido toda aquella energía. De que se encuentra más allá en el camino hacia aquél parecido que ahora tú has comenzado a recorrer.

Feliz segundo cumpleaños, pequeño Iago.

miércoles, 5 de enero de 2011

Hago memoria

Pamplona. Plaza del Castillo. Suena “Walk on the wild side” de Lou Reed en la megafonía de una de las casetas del mercado navideño. Es la mañana del eclipse. Un fresco fin de amanecer adorna el cielo acompañado de una pálida luz azulada, que parece querer rebotar en las baldosas del suelo, enhebrandose por entre el verde y marrón de los árboles que me rodean. Sentado en un banco, interrumpo una lectura acerca de Alonso de Salazar y Frías para tomar estas notas.

¿Te acuerdas de mí? -. Ayer recibí un sms con esa pregunta acompañada de la fotografía de una talla en madera de un monaguillo postulante. Como no. Claro que me acuerdo, amigo Josan. A pesar del tiempo pasado, no me ha costado nada volver allá y recuperar ese recuerdo con todo el color, sabor y textura con el que fue depositado en mi memoria.

Bastaba con una imagen, o unas pocas palabras, para revivir aquellos primeros años de lo que entonces llamábamos la EGB. Eran tiempos aquellos de misa y confesión semanal –y todos los primeros viernes de mes-, de curas de maneras trabucaires dirigiendo las aulas, y un temor supersticioso por la legión de peligros que acechaban a nuestras débiles e inocentes almas.

Es difícil imaginar lo que no se ha vivido, y más aún evocarlo para quien lo ha hecho. Por eso, me resulta sumamente complicado reflejar sobre el blanco del papel al que ahora me enfrento, todos y cada uno de esos cientos de miles de segundos que agradecíamos haber perdido sin recibir un solo golpe, puñetazo o tirón de orejas, acompañado de comentarios llenos de odio y rencor, carentes de cualquier sutilidad.

Y es aquí donde entra en escena el pobre y eterno postulante. Semejante método pedagógico impartido por aquellos santos hombres no podía tener otro resultado que el de hacernos creer a nosotros, cerebros tiernos y poco formados, que eran esas las reglas universales que regían las relaciones de cualquiera de nosotros con nuestro entorno: el garrotazo y tente tieso.

Así pues, nos acostumbramos a devolver de la misma manera todo lo que recibíamos, y si era un golpe a mano abierta lo que nos llevábamos, corríamos cuando saliamos de clase a la parroquia del centro de la ciudad, y colocándonos uno detrás de otro frente a la talla del tal monaguillo, le íbamos devolviendo uno a uno, y con sonora brutalidad, lo que nos habían dado.

Como no me voy a acordar de ti…

Hace ya un tiempo que ha dejado de sonar “Walk on the wild side”. Tengo los pies fríos y poco más que contar. Años después, hemos vuelto en varias ocasiones a aquél lugar, imagino que en parte queriendo redimirnos de aquél pasado de brutalidad. Religiosamente depositamos unas monedas en la urna que mantiene entre sus manos, y recordamos aquellos viejos y lejanos tiempos.

Decía Renan que no se debería escribir mas que acerca de aquello a lo que amamos. Que el olvido y el silencio son el castigo que damos a todo aquello que nos resulta triste o desagradable en nuestro camino a lo largo de la vida. Pero para mí que la memoria hace sus trampas y, de mismo modo que la luz azulada de esta mañana se entremezclaba con el verde y marrón de los árboles, los oscuros rincones en los que habitan algunos de nuestros recuerdos van iluminándose con el paso del tiempo hasta quedar velados por un manto de tal claridad que apenas puede distinguirse en ellos forma alguna.

Termino. Si comenzaba hablando de música, acabaré del mismo modo y recordando una vez más.

Un amanecer de hace apenas dos semanas, me despedía de Saint Malo desde lo alto de sus murallas. Todavía no había amanecido, y al silencio del momento sólo acompañaba el batir de aquellas aguas contra las paredes de la ciudad, produciendo un sonido tan fuerte y hueco que parecía ir dirigido a lo más profundo de nuestros sentidos. Frente a mí, rodeada por el mar, la isla de Grand-Bé, donde yace desde hace más de siglo y medio el cuerpo de un escritor que quiso descansar para la eternidad frente a aquél inmenso océano. “Un gran escritor francés ha querido reposar aquí, para no escuchar otra cosa que el mar y el viento”- dice una lápida que hay frente a su tumba.

Y pensando en todo esto, mientras tomaba una última imagen del momento, di en pensar que compartía con él ese deseo, porque en cierta manera, ese es el tipo de silencio –y de soledad-, que mejor sabe calmar las inquietudes de nuestro espíritu.

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