viernes, 19 de febrero de 2010

Vida del Padre Domingo Muñoz II


Gaspard Theodore Mollien es uno de esos personajes que me inspiran cierta admiración no exenta de una envidia sana, no sólo por lo que vivió, sino por haber tenido los arrestos suficientes para hacerlo. Desde la perspectiva de hoy en día, es muy difícil entender lo que suponía para aquellos hombres que procedían de lo que ellos consideraban el mundo civilizado, adentrarse en otros totalmente desconocidos, hostiles en ocasiones y en los que inevitablemente se encontraban absolutamente desprotegidos y a expensas de quienes les rodeaban.

Desde el principio de su carrera, Mollien pareció estar marcado por el signo de la aventura, inspirado según él mismo cuenta en uno de sus diarios de viajes, por las correrías que pocos años antes había realizado Mungo Park por el corazón de África, y siglos atrás León el Africano. Tal es así, que a los 18 años consigue ser nombrado Comisario de Marina y ser enviado al Senegal en busca de las fuentes de los ríos Senegal, Gambia y Níger. Haciendo honor a aquella marca de la que hablaba antes, Mollien embarca para marchar a su destino aquél año de 1816 en una fragata cuyo nombre iba a pasar a la leyenda en aquél mismo viaje: La Medusa.

Afortunadamente para él, fue uno de los 250 pasajeros que encontraron un lugar en uno de los seis botes de salvamento que tenía la fragata. En él alcanzaría penosamente la costa, que se encontraba a unos 60 kilómetros, para después tener que atravesar parte del Sahara sin agua ni alimento antes de poder ser rescatados. El resto de la tripulación, cerca de 150 personas, construyó apresuradamente una balsa, en la que sufrirían durante casi dos semanas una terrible pesadilla de crimen, hambre, locura, suicidio y canibalismo.

Según cuenta en la memoria de éste viaje, Voyage dans l’intérieur de l’ Afrique aux sources du Sénégal et de la Gambie, fait en 1818, par ordre du gouvernement français (1820)”, pudo llegar a la base colonial francesa de San Luis, en el Senegal, allá por 1817 y comenzar su expedición en enero del año siguiente. Aunque no logró dar con las fuentes de todos aquellos ríos que buscaba, Mollien se trajo consigo una cantidad importante información acerca de todo lo que vio, plasmada en el mencionado libro y en una hermosa colección de ilustraciones. A su regreso, podía afirmar con cierto orgullo que fue el primer europeo en tomar contacto con los numerosos pueblos que habitaban aquellas regiones de África.

La obra de Mollien, lejos de ser una, o centrarse exclusivamente en África, se vio ampliada años más tarde con "Voyage dans la République de Colombie en 1823" y, posteriormente, su “Histoire et moeurs d'Haïti: De Christophe Colomb à la révolte des esclaves” de 1830, ambas fruto de sus viajes y experiencias en dichos lugares.

Cuenta en la primera de ellas, según recoge Jean Merrien en su “Historia mundial de los piratas, filibusteros y negreros”, que en cierta ocasión se encontró cerca de Bogotá a un inglés apellidado Houston que le narró la siguiente historia:

“Estaba pescando en aguas de la isla Margarita, adonde me había llevado mi misantropía, y al salir de la choza en que vivía me había puesto un enorme sombrero de paja que dejaba mi rostro en la sombra. Tras pasar el día en el mar, la corriente nos devolvía hacia la bahía de donde saliéramos. Tendido en la proa, apenas me moví en todo el día, contentándome con achicar de vez en cuando, cuando me llegaba a los pies, el agua que se acumulaba en el fondo del bote, empleando para ello una vieja caja de madera”.

“El indio que me acompañaba era naturalmente charlatán, cosa rara en los de su raza, pero mi mutismo había terminado por cansarlo. No puse atención a lo que me decía acerca de un buque que se acercaba. No presté atención hasta que dicho buque estuvo muy cerca. Oí una voz bien timbrada, incluso musical, que en tono cantarín preguntaba a mi acompañante si había hecho buena pesca y si le quería vender el pescado.”

"Me llamó la atención la calidad del acento español y levanté la cabeza protegida por el sombrero. Vi entonces el pabellón negro ondeando, al tiempo que el rostro blanco y de aspecto clerical del hombre que se inclinaba hacia nuestro bote. Sostenía en la mano una pica terminada por un gancho, seguramente para atraer nuestro bote si éste no se acercaba de buena gana. En tanto el indio se atareaba llenando el cesto que le acercaron colgado de un cabo, volví a echar una ojeada, reflexionando que el encontrarse con un pirata es siempre un mal encuentro. Vi entonces sobre la cubierta de la embarcación algo que me dejó mudo de asombro.”

"Al pie del palo mayor estaba una mujer medio desnuda, esbelta y cuyas facciones no pude distinguir. Tenía los cabellos de un rubio dorado sueltos encima de los hombros y profería gruñidos irracionales. Una cadena la mantenía atada al mástil y ella tiraba de dicha cadena como un animal cautivo. Tuve tiempo de observar que a sus pies había una especie de bote con restos de alimentos esparcidos alrededor".

“El cesto volvió a subir y oí el ruido que hacían algunas piastras al caer en el bote. Al propio tiempo noté que algo chocaba con el borde de mi sombrero. Me arriesgue a dar otra ojeada y vi que era el hombre de rostro clerical, el cual intentaba hacer saltar mi sombrero con la pica para verme el rostro. Pero ya el indio, en tanto profería algunas palabras de agradecimiento, daba un golpe de remo que nos alejó repentinamente del buque. Me vino a la mente el nombre de Muñoz, de quién había oído hablar en Cartagena. Comprendí que renunciaba a su proyecto de verme el rostro y pensé que al evitar se me reconociera como inglés, el sombrero acababa de librarme de multitud de molestias y tal vez de salvarme la vida".

Efectivamente, aquél capitán pirata de "rostro clerical" no era otro que el Padre Domingo Muñoz y la mujer medio desnuda de cabellos rubios, su compañera Wanda. Cuando la vió Houston estaba encadenada al palo mayor del Emmanuel, barco temido por todos aquellos que cruzaban las inseguras aguas del Caribe.

De todo ello se hablará en la próxima anotación.


jueves, 11 de febrero de 2010

Vida del Padre Domingo Muñoz I

Cuentan de él que era hombre de carácter reservado, de esos que conservan los pensamientos muy guardados en lo más profundo de su ser. Sus feligreses, los de aquella parroquia de Quito de la primera mitad del siglo XIX, le tenían por persona honesta, seria y de confianza. Era alguien en quien los secretos de confesionario morían una vez revelados. También era conocido por su peculiar manera de predicar, pues su extremada timidez hacía que sus palabras resbalaran de continuo por el paladar, provocándose tal tartamudeo que a buen seguro en más de una ocasión su fieles debieron armarse de gran paciencia para seguir el hilo de la prédica.

En fin, que todo apuntaba a considerar que el Padre Domingo Muñoz era un buen hombre, un casi santo de mirar huidizo, pero firme en las cosas de velar por la rectitud de su rebaño.

Sin embargo, el párroco tenía un secreto.

Wanda era una mujer muy conocida en Quito por su llamativa belleza. Al ser de origen ruso, lo cual resultaba muy exótico en aquellas latitudes, sus palabras resultaban adornadas de un curioso acento que en nada dejaba indiferente a quien la escuchaba. Era una mujer de mirada firme, alta de estatura y con una espléndida figura que se veía realzada por su larga y rubia cabellera.

Nadie sospechaba que, más allá de la habitual relación entre un párroco y su feligresa, hubiera algo entre ellos. Pero cuando el acaudalado “protector” de aquella murió en extrañas circunstancias, las autoridades abrieron una investigación que después de muchas pesquisas, dio en concluir que ambos eran amantes, y habían planeado y ejecutado el asesinato del difunto.

A Domingo lo encerraron en prisión y Wanda, que estuvo más avisada, logró huir a Colombia. En circunstancias diferentes, el párroco hubiera pasado unos meses en la cárcel esperando a ser ejecutado, pero en aquél entonces, tiempos de rebeliones y pronunciamientos, las cosas fueron muy diferentes: las tropas independentistas de Bolivar se acercaban a la ciudad, y todas las autoridades huyeron en desbandada. Como es habitual es casos como este, se saquearon palacios, edificios oficiales e incluso iglesias. Quito quedó absolutamente desgobernada, y en medio de aquél caos, alguien liberó a los prisioneros.

Lo último que sabemos de Domingo Muñoz en esta primera parte de su vida, es que aprovechó la ocasión y huyó bien lejos, a Colombia exactamente, antes de que el orden se restableciera, y a alguien se le ocurriera hacerle volver a la prisión para ejecutar su condena.

En destino le esperaba Wanda, con quien iba a compartir desde entonces una vida tan singular como inesperada.


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