miércoles, 27 de mayo de 2009

Retif le griffon

Uno

Lo único que se de ese hombre es que cualquier día, haga el tiempo que haga, se le puede ver merodear por La Isla, escribiendo con frecuencia en las piedras” -cuenta que oyó decir a una mujer con respecto a él una tarde de agosto de 1783. Parece que poco se podía entender de lo que escribía, pues al pobre Retif lo bautizaron con el sobrenombre de griffon, que procede de la palabra grifonner, garabatear, escribir de manera incomprensible.

Así, hubo quien en cierta ocasión gritó: “!Que viene el griffon de la isla a escribir en las piedras, sálvese quien pueda!”. Otros mostraban más tolerancia hacia él y se limitaban a afirmar que: “Es ese pobre escritor de fechas, a quién los niños llaman griffon. Es un buen hombre”.





Dos

Fue en 1779, el 5 de noviembre, en la época de mi primera dolencia de pecho, cuando comencé a escribir sobre la piedra, en la Isla de San Luis. La primera inscripción está en la décima piedra, a la derecha del puente rojo, entrando por la parte de la Isla. La hice con la siguiente idea: ¿vería ésta inscripción el año que viene?. Se me ocurrió que si la volvía a ver, experimentaría un sentimiento placentero, y el placer es tan raro en el otoño de la vida que merece la pena la ocasión de buscarlo.”




Tres

Retif de la Bretonne vino al mundo en Borgoña, en el seno de una familia janseanista, que es como decir dada a llevar unas muy rígidas costumbres. Prueba de ello es que cuando le llegó el momento, su educación fue encomendada a su comunidad religiosa, donde se ocuparon de recordarle repetidamente las desastrosas consecuencias que tenía para su salvación el vivir con una moral relajada.

Pero como suele ocurrir con frecuencia en casos como estos, el joven Retif sintió más interes por navegar contra la corriente. Cuando apenas cumplió los dieciséis años, se manifestaba perdidamente enamorado de una joven de su pueblo, y con pocas ganas de preocuparse por las cuestiones de la fe y la salvación. La afortunada se llamaba Jeannette Rousseau, y por ella juró, un día de pascua, fidelidad eterna, prometiéndose que la amaría en secreto hasta el final de sus días.

Los padres de Retif se dieron pronto cuenta del rumbo que tomaban las inquietudes de su hijo, y lo enviaron a Auxerre a trabajar en casa del impresor Fournier, janseanista como ellos y de una moral reconocida por todos. Alejándolo del objeto de sus inquietudes amorosas, esperaban enderezar al joven y convertirlo en un miembro más de su honesta comunidad.

Colette, la mujer del tal impresor, no debía de estar tan entusiasmada con la rigurosidad de su marido, y Retif, afectado por el parecido de su nueva patrona con Jeannette Rousseau, juró morir de amor por ella sin revelar jamás los sentimientos que le inspiraba. No iba ser ésta ni la primera ni la última vez que nuestro querido amigo iba a meterse en tan sinceros juramentos.

En este caso, debió faltar en algún momento a su promesa de mantener sus sentimientos lejos del alcance de la afectada, pues al poco tiempo, y sin que se dieran demasiadas explicaciones, Retif es expulsado por su patrón y decide marchar a París en busca de fortuna.


Cuatro

No hice más inscripciones después de aquella primera hasta el 1 de enero de 1780. Aquél día me paseaba por la Isla con una idea que me atormentaba: ¿Cuántos seres que comienzan este año, no lo terminarán? ¿Seré yo uno de esos infortunados?. Conmovido por esta reflexión, tomé mi llave y escribí sobre la piedra, junto al primero de los dos pequeños jardines abiertos que se ven viniendo del puente rojo por el Quai d'Orleans”




Cinco

A Retif lo conocí de dos maneras muy diferentes, aunque casualmente el origen fue en ambos casos parecido. La primera de ellas tuvo lugar hace ya bastante más de diez años, cuando curioseaba tranquilamente en una librería de viejo que hay muy cerca de la cuesta que conduce al castillo de Foix. Ahí di con un antiguo ejemplar de Le Paysan et la Paysanne Pervertis, obra que le dió a conocer allá por la década de los años 70 del siglo XVIII como autor erótico, fetichista, y creador de escenas galantes muy del gusto de la época. Ahí quedó entonces para mi recuerdo, como poco más que una lectura deliciosa con la que pasé un rato entretenido.

La segunda vez fue en Sarlat, en otra librería de viejo que hay en una callejuela que da a la Rue de la Republique. Allá encontré un libro titulado Existences d'Artistes de G. Lenotre que además de ser un pequeño tesoro, es fuente inagotable de interesantísimas historias. En él se hacía un repaso por la vida menos conocida de algunos de los personajes punteros de la cultura francesa: Chardin, Voltaire, Rosseau, Watteau, Hugo, etc... Ahí, en un capítulo titulado Retif, me encontré de nuevo con el autor, y esta vez de una manera más profunda y humana. Contaba Lenotre que más allá de la obra que le hizo tan popular en su época, tuvo otra tan abundante como la anterior, en la que mostraba una obsesiva preocupación por la memoria y el paso del tiempo.

En Monsieur Nicolas, por ejemplo, rescata su propio pasado a partir de una infinidad de pequeños detalles de tal minuciosidad que cuesta creer. Algo parecido ocurre con “Les Nuits de Paris” -creo que es una de las pocas obras que, extractada, se ha traducido al castellano-, donde demuestra un admirable interés por rescatar del olvido instantes de la vida de aquellas clases sociales por las que hasta entonces poco se había preocupado la literatura contemporánea.



Seis

Pero además de todo lo dicho, leí en el libro de Lenotre algo que terminó por atrapar mi interés, haciendo del querer saber más de Retif una urgencia con que la alimentar a mi hambrienta curiosidad. Esto es lo que cuenta:

"Hacia el otoño de 1769, cuando Retif tenía 50 años, concibió el proyecto de grabar sobre los muros de los jardines, sobre la piedra de los balcones, sobre los parapetos de los puertos y, particularmente en la Isla de San Luis, las fechas de las principales circunstancias de su vida y, en cortas frases, las reflexiones que todas ellas le inspiraban, conmemorando así 'la situación feliz o dolorosa' de su ánimo. Por una suerte de fetichismo supersticioso, quería que sus inscripciones fueran trazadas el mismo día del hecho, o bien, el día de su aniversario. Los años siguientes, el día indicado, regresaba a leer sus queridos jeroglíficos, los acariciaba con sus manos, y los repasaba más profundamente si creía que la intemperie amenazaba con borrarlos”.



Siete

Desde su más tierna infancia, Rétif sentía pasión por las fechas y aniversarios, pasión que, al igual que su hábito por la escritura, obedecía a una manifiesta ansiedad por combatir el olvido y la muerte. Parece como si quisiera detener el tiempo, dar una forma a cada momento con la que fuera reconocible, de manera que con su sola visión, despertara en él la evocación de lo que sentía y pensaba en el instante en que la marcó en la piedra.

Al repasar la vida de Retif y su costumbre de marcar su memoria, uno no puede evitar el volver a aquella historia de los compagnons que hace ya mucho tiempo pasó por uno de mis cuadernos. Seguramente el sentimiento que le movió a grabar en la piedra aquellas llamadas al recuerdo era muy parecido, aunque pienso también que en el caso de Retif había algo de íntimo, más para su propio consumo, como manera de ir confirmándose que a pesar del paso del tiempo él continuaba sobreviviendo, engañando a la muerte.

El mismo cuenta en su Monsieur Nicolas que la idea de confiar a las piedras aquellos nombres y fechas la tuvo en 1754, cuando encontró en la Catedral de Auxerre una inscripción junto a una sepultura que decía “Guillain, 1540”: “pensé -apunta- en todos aquellos que habían escrito allá sus nombres y que ya no estaban aquí; ví, sentí lo absurdo de la muerte y de la vida...”


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