jueves, 7 de enero de 2010

Hoja de avisos


Nostalgia. - Vuelta al trabajo. - El calendario. - Nieve. - Iago. - Mi vesícula. - El libro. – Introducción. – Direcciones útiles.

Con la nostalgia de los días pasados en St Jean de Cole vivaqueando todavía en mi memoria, comienzo a rehacer lo que va a ser mi vida en los próximos meses, seguramente hasta el verano. Imagino que llegaré como me ocurre habitualmente: dejándolo todo o terminado apresuradamente, u olvidado para marchar (huyendo del caos) de vacaciones.

Tengo la costumbre de inaugurar el año laboral colocando un nuevo calendario en la pared de mi puesto de trabajo. Así lo llevo haciendo desde hace tiempo. Este año le ha tocado a uno de National Geographic que reproduce en cada mes una cumbre montañosa, de esas perdidas en lo más remoto de las alturas, que parecen querer ser olvidadas y guardar su eternidad entre el silbo de los vientos y el brillo cegador del sol. Quizá sea el influjo de esa nostalgia de la que hablo, pero creo ver en mi elección de este año algo más que una casualidad.

Dicen que va a nevar a partir de mañana o pasado. Teniendo en cuenta que el 8 de enero de 2009, víspera del nacimiento de mi hijo, cayó una gran nevada sobre esta ciudad, sería una agradable coincidencia que volviera a hacerlo.

Parece que han esperado a que pase lo peor de las navidades para darme una noticia muy oportuna. Esas fiebres y malestares que me vienen molestando de un tiempo acá, son producidas por una colección de piedras que deben estar descansando plácidamente en mi vesícula. Solucción: muerto el perro, muerta la rabia; o dicho de otra manera, extraer el órgano en cuestión. “Así –pensé durante unos instantes-, es médico cualquiera”. En cualquier caso, buscaré una segunda opinión… Quizá sea porque el dueño de la primera, pretende que borre de mi dieta todas aquellas viandas y caldos que hasta el día de hoy eran parte importante de todos esos placeres de los que uno disfrutaba como un monje.

Por fin ha salido a la venta el libro. Les ha costado un poco, pero ya se puede encontrar en algunas librerías. Para celebrarlo, y también para que quién lea esto se haga una idea de lo que contienen sus páginas, van a continuación las dos primeras.



“Qui n’a pas l’esprit de son âge

De son âge a tout le malheur”

–Voltaire–



Poco podía imaginar Armando Pignatelli a lo largo de su vida que habría de dar con sus huesos en las cárceles de Zaragoza, y que cuando saliera de ellas sería para morir entre la locura, el dolor y la nostalgia. Él, uno de los aristócratas más poderosos de Europa y personaje solicitado en las reuniones de la buena sociedad del París napoleónico, luchaba en la soledad de su celda con el terrible mal que desde hacía decenios venía diezmando a su familia.

Lejos estaban aquellas cartas de Voltaire felicitando a sus padres por su nacimiento, o el cortante discurso de Rousseau en la visita que hizo a la casa de sus abuelos, los Egmont, para leer en público por primera vez el borrador de sus Confesiones. ¿Qué quedaba de todo aquello en esas primeras semanas de 1809?: apenas un hilo de vida que iba consumiéndose, a la par que ahí fuera lo hacía el ánimo de los zaragozanos en su resistencia al segundo sitio que habían puesto las tropas napoleónicas.

A Armando Pignatelli de Aragón, los libros de Historia suelen dedicarle –en las contadas veces que lo hacen–, unas escasas líneas retratándolo como un magnate afrancesado cuya principal ocupación consistía en perseguir a las bailarinas del Teatro de la Ópera de París. Esta caracterización, que no es la carta de presentación más favorable para abrirse un hueco en la historiografía, le ha mantenido ignorado respecto al análisis de los trascendentales acontecimientos en que, unas veces por propia iniciativa, y otras muy a su pesar, se vio envuelto.

La vida de Armando Pignatelli, Conde de Fuentes y Egmont, y, sobre todo, las dramáticas circunstancias por las que ha pasado a la Historia, difícilmente podrían ser entendidas sin conocer antes el amplio círculo que entre España, Francia e Inglaterra, abrió su abuelo y que sería decisivo para el devenir familiar durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Todo ello tuvo lugar, en gran medida, gracias a una acertada estrategia de alianzas políticas con el Conde de Aranda y su Partido Aragonés, que le llevaron directamente a primera línea de la diplomacia; y se complementó con una alianza matrimonial con la rama francesa del clan, los poderosos Egmont, convertirá a Francia en un poderoso foco de atracción para la Casa de Fuentes. Circunstancia que ejercerá una influencia particularmente intensa sobre Armando Pignatelli.

Los tiempos revolucionarios lo fueron de exilio y confiscaciones para los Pignatelli, que sólo retornaron a Francia con el ascenso fulgurante de Napoleón. Entonces brillará más alta que nunca la estrella de la Casa de Fuentes en la sociedad napoleónica, verdadero punto de contacto entre las antiguas aristocracias ilustradas y los meritócratas surgidos de los campos de batalla y los negocios bancarios, un mundo a caballo entre lo épico y lo pragmático, entre las antiguas maneras y los nuevos modos que anticipan el Romanticismo.

Hay algo de ese prerromanticismo en nuestro personaje, una actitud fatalista, nostálgica, que se verá decisivamente marcada por el estallido de la Guerra de la Independencia. Éste será el comienzo del fin del vendaval bonapartista, al tiempo que cortará de raíz la pujanza, tan pacientemente edificada a lo largo de décadas, de los Pignatelli.


Si a pesar de ello, alguno de mis pacientes lectores está interesado en hacerse con él, pueden encargar en su librería favorita el libro ”El conde de Fuentes. Vida, prisiones y muertes de Armando Pignatelli” de José Antonio Beguería Latorre e Ignacio Perurena Borobia, editado por la Institución Fernando el Católico. (ISBN 978-84-7820-991-0).

También lo venden algunas librerías por internet, aunque sólo voy a señalar las que respetan el material que venden y a sus autores. De los otros, de los que mercadean con los libros como si fueran sacos de piedras, quizá hable en una futura anotación, pues de ello hemos aprendido algo estas últimas semanas.

http://ifc.dpz.es/publicaciones/ver/id/2941

http://www.logi-libros.com/ficha.php?id=3747

http://www.calamo.com/?cat=-5

http://www.casadellibro.com/libro-el-conde-de-fuentes-vida-prisiones-y-muertes-de-armando-pignate-lli/1623760/2900001356786/es_es

http://www.marcialpons.es/fichalibro.php?id=100862112

Sin más, gracias y feliz año nuevo a todos.


sábado, 19 de diciembre de 2009

Un regreso

Vuelvo a aquél lugar y no puedo evitar el sentir una emoción nerviosa, a medio camino entre el deseo de verme de nuevo allá, y el miedo a hollar con mi presencia un lugar que yo mismo había apartado del recuerdo de lo real, para convertir en algo casi mitológico. Mañana vuelvo a un lugar que abandoné años atrás, llevándose únicamente en el corazón un puñado de buenos recuerdos, la semilla de lo que después serían grandes y pequeñas esperanzas, y cerca de media docena de historias: ¿alguien recuerda a Max y Claudette?.

Tanto ha pasado desde entonces... ¿no es verdad, queridos amigos?.

Y mientras regreso a aquél lugar que se confunde con mis fantasías, desaparezco de éste no menos fabuloso, durante un par de semanas. Las justa para que acabe este año y comience el próximo. Sólo espero que el que viene sea tan gratificante como el que acaba, no sólo para mi, si no también para todos vosotros queridos amigos.

Hasta entonces, mucha salud.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Desde ahí arriba


En el segundo piso, Ista freía unos huevos. Con el rabillo del ojo vigilaba a su nieto, y éste sentado a sus pies cumplía afanosamente con el infantil ritual de reconocer un objeto: golpe contra el suelo, golpe contra el suelo y a la boca.

Debajo, como activado por un resorte que se pone en marcha por el sonido de la cuchara contra su techo, Herme, cartero jubilado, sale en pijama a su balcón con una botella de agua en la mano. Se le ve bastante desgreñado y achacoso, con pocas ganas de levantarse de la cama para hacer nada. Pero hay que cuidar las plantas: es de las pocas cosas que le ayudan a olvidar que un día fue el mejor de los correos de la comarca. Agua sobre la tierra, agua sobre la tierra y tose balcón abajo.

El racimo de virus va cayendo lentamente, revolviéndose con suavidad por entre los dedos del aire que corre por la Calle del Juicio abajo, hasta pegarse de frente contra la portada de la Catedral, justo contra las imágenes que adornando las arquivoltas que recrean a los condenados del juicio final.

Siempre que he bajado por esa calle de Tudela, con un nombre tan a propósito, he tenido la sensación de que ahí mismo iban a pesar mi alma frente a la pluma de Maat.

Afortunadamente, para cuando el envío del viejo cartero llegó hasta las puertas del templo, nosotros ya estábamos dentro, lejos de todo peligro, tras aquellos sólidos muros y abiertos a la cúpula celeste que cubre aquél lugar desde hace innumerables siglos. Volvíamos a encontrarnos bajo la llave de la catedral de Tudela.



- ¿Y de eso hace mucho? –me preguntó mi compañera Larouge.

- Mucho, de cuando el viento preñaba a las yeguas.

- En serio…

- Bueeno, de allá por la primera mitad del siglo XVI.

- ¡Pues venga, coloca al personaje y ponlo a andar!

- Tu mandas. Resulta que el dueño, o quizá mejor dicho quién colgó esa llave ahí, era un tal Carlos de Eza, de quién por aquellos años en los que vivió se decía que era “hombre escandaloso y que da ocasión a vías de hecho”.

- Vamos, que es como decir que gustaba de aclarar sus diferencias a punta de espada.

- No es extraño si recordamos la época en la que vivió, y si a esto le añadimos que era de noble cuna y por ello, podemos imaginarlo orgulloso y bastante altanero.

- Me hago una idea.

- Resulta que tenía un hermano que era canónigo y con él y un criado suyo fueron a visitar a unos primos lejanos, más nobles y poderosos que él, por cierto. Con ellos, tenía las diferencias que por aquél entonces separaban a agramonteses y beamonteses, y que había llevado al tal Carlos a huir a Francia, después de combatir junto al ya difunto Cesar Borgia. Pero además había otras diferencias que les tocaban más de cerca, y que parece ser debían de tener que ver con la posesión de algunas tierras.

- ¿Agramonteses y Beamonteses?

- Si. En términos muy generales eran los dos bandos en que se dividió el Reino de Navarra según se fuera partidario del rey consorte Juan II de Aragón o de Carlos, el conocido como Príncipe de Viana. Esto después se prolongo con las diferentes interpretaciones que hizo un bando y otro con respecto al derecho de sucesión.

- El escenario ideal para novelas como “La flecha negra” o aquellas otras del señor Scott.

- Así es. Como en el encuentro que tuvieron Carlos, el canónigo y su criado resultó muerto uno de aquellos familiares lejanos, al protagonista de esta historia lo apresaron y condenaron a muerte.

- Pero…

- Pero por ser quién era, imagino, se la conmutaron con la pena de servir en el oficio de las armas en Orán.

- ¿Y fue de allí de donde se trajo la llave?

- Noooo, sin prisas, que ahí deberíamos dejar a nuestro Carlos varios años luciéndose en lo que parece que hacía de maravilla, que era abrirse camino a golpe de hierro. De hecho fue tanto el mérito que debió de hacer que terminaron por enviarle a Italia, cerca de Milán, como gobernador del castillo de Pomblín.

- ¿Y allá se lució?

- Pues a tanto no llego en lo que te puedo contar, aunque sí que es en este momento donde empieza la historia, leyenda o lo que sea que realmente tiene que ver con la llave.

- Pues dale, y cuéntame de una vez que es lo que hace esa llave ahí colgada.

- Pusieron sitio al castillo de Pomblín…

- Lo mismo hicieron ahí lo que Montaigne cuenta de aquél otro lugar donde se rindieron al enemigo a condición de que dejaran marchar a las mujeres con todo lo que pudieran llevar encima…

- …si, y aquellas sacaron a los defensores del castillo montados a caballo sobre sus espaldas… ¡ja, ja! No, no se trata de eso. A nuestro Carlos se le ocurrió que, dado que las cosas pintaban mal, lo mejor era irse, pero con la cabeza bien alta.

- Orgulloso, como parece que era…

- Orgulloso, si. Una buena noche, cuando todo debía de estar ya perdido, los defensores del castillo desaparecieron de él como por arte de magia. Cuando al día siguiente los sitiadores descubrieron la sorpresa, se dieron cuenta además de que quienes habían marchado, lo habían hecho dejando toda la fortaleza celosamente cerrada… No sólo les privaban del protocolo de entrega de la llave del lugar, que por aquél entonces era el momento culminante de un sitio, sino que además les obligaban a entrar en ella tirando por delante toda aquella puerta que se encontraran.

- Entonces…

- Esa es la llave. La trajo hasta aquí, mando colgarla sobre la capilla que su familia mandó construir en esta catedral, y retó a sus enemigos a que vinieran a por ella si se les ocurría reclamarla.

- Y no vino nadie…

- Claro está.

- Pero es una leyenda…

- O no. Quién sabe. Parte lo dicen los libros de historia. Parte se cuenta, aunque yo no lo he visto escrito. Y algo de ello hay que quizá me lo haya inventado yo.

- Entonces es mentira.

- No lo creo.

- ¿Verdad?

- Tampoco estoy seguro.

Fuera, desde las alturas de su balcón, el nieto de Ista lanzaba mijagas de comida sobre el balcón del viejo Herme. Hasta el niño se extendía un rastro de desechos en los que con un poco de esfuerzo podían distinguirse restos de cartas troceadas en mil pedazos, algún periódico humedecido y gran cantidad de bandejas de polifam del Todo-Todo del barrio. El pequeño Jesús había empezado rastreando las cáscaras de aquellos huevos que vio romper a su abuela, pero la cantidad de cosas que habían encontrado en aquél cubo, hizo que perdiera el recuerdo de lo que buscaba.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

En un día como este... (Intermedio III)

En un día como este, a uno le da siempre por echar mano de los recuerdos, sacudir con brío el saco de la memoria y asomarse al suelo para ver qué es lo que ha caído sobre él. ¿Qué es lo que hay? Mucha cosa, pero ninguna que seguramente no encontraríais vosotros, queridos amigos, si hicierais lo mismo: buenos momentos, encuentros inesperados, sueños cumplidos y otros rotos, y sobre todo la firme voluntad de seguir adelante.

- - - - Hay que estar firmes, siempre firmes- le decía Tellagorri a Zalacaín.

Todavía hay ocasiones en las que uno se encuentra con momentos que está seguro que nunca olvidará. En mi caso este año se han dado afortunadamente en varias ocasiones, y la primera y más importante de todas ellas fue aquél 9 de enero en que nació mi hijo. Imposible que lo olvide, pues ha sido sin duda alguna el momento más lleno de brillo de mi existencia.

Hace unos pocos días volvió a repetirse el milagro, esta vez en la forma de un correo electrónico que me traía algo que llevaba esperando muchos meses con inquietud: las portadas del libro, de ese libro del que llevo hablando mucho tiempo, que tantos dolores de cabeza nos ha dado a sus autores, y que trata de la vida del propietario de la famosa caja Baradelle. Según parece, no será hasta diciembre cuando salga a la calle, pero por lo menos tenemos este pequeño aperitivo para ir haciendo boca.



Y es que si hablo de recuerdos es por algo. En un día como este, tan oscuro y lluvioso como habitúan a ser los de noviembre, uno hace siempre el mismo cálculo: lo mismo hay desde el momento en que nací al día de hoy, que lo que hay desde aquella primera fecha a otra en la que miro que ocurrió. Esa es la futilidad de los tiempos- pienso.

En esta ocasión, dan pocas ganas de profundizar en lo que ocurrió en aquél aciago 1923, y yo, por lo menos, prefiero quedarme con algo más elemental y acorde con lo que realmente formaba parte de la vida cotidiana de aquél momento.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La sombra de una llave


Recuerdo que apenas tenía algo de sentido cuando la vi por primera vez. Era una llave oscura, grande como lo son las que tienen cierta antigüedad, que colgaba del arco de una de las capillas de aquella catedral. Apenas tenía sentido entonces, y por aquél motivo, no recuerdo que ocurriera otra cosa que la de detenerme unos instante bajo ella sin preguntarme demasiado por el qué es lo que hacía allá. Para quién está comenzando a descubrir el mundo, como para quien teme perderlo, el tiempo es muy importante y, por lo tanto, no era cuestión de entretenerse en algo que ¿quién sabe?, era otra de esas cosas normales de la gente mayor.

Desde entonces, he vuelto a aquél lugar varias veces, terminando siempre por detenerme ante aquella llave; no sé muy bien si para preguntarme por el porqué de estar ahí colgada, o para confirmarme a mí mismo con alivio que, aún pasado el tiempo y sus cosas, yo seguía aquí. En ocasiones creía ver en aquél objeto una continuación argumental de lo que en la portada del templo ocurría con las putas, usureros, adúlteros y pecadores en general. En otras, era la relación entre la llave y el santo que custodia las puertas del cielo y cuyo acrónimo -de su nombre-, es precisamente dicho objeto.

Hubo una ocasión, la anterior a esta última, en que la visité con unos amigos, les señalé la llave y en ese mismo momento, alguien que paseaba por ahí se detuvo a explicarnos una confusa historia, en la que lo mismo corría la Edad Media, que nos veíamos inmersos en medio de una trifulca entre condotieros renacentistas.

El caso es que el buen hombre nos dio una buena idea, y emulando en cierta forma a Byron y los Shelley, aquella noche, después de una copiosa cena, nos reunimos en torno a una botella de aguardiente para relatar cada uno de nosotros la verdadera historia de aquella llave.

No voy a detenerme en detallar los hechos que entonces se narraron, ni siquiera creo que podría llegar a recordarlos con claridad, merced a los efectos del aguardiente que en aquél momento nos sirvió seguramente de inspiración.

Y es que, además, la realidad siempre termina por enseñarnos que gusta de hacer burla a nuestra imaginación. Donde nosotros vemos sacrificios heroicos, obligadas intervenciones de lo sobrenatural, destinos inmutables y un afán mesiánico por trascender; ella nos ofrece vidas mundanas, debilidad, soberbia, traición y el deseo único de sobrevivir.

- La próxima vez, -me dije-, vendré con la lección aprendida. Averiguaré de dónde diablos ha salido y rendiré homenaje, bajo la sombra de aquella llave, a ese recuerdo todavía desconocido.


miércoles, 7 de octubre de 2009

Tu lo sabes (divagaciones febriles)

Pensaba el día pasado en lo que diferencia a los conceptos de microhistoria e intrahistoria que, para mí, pueden emplearse como sinónimos. Puesto a elegir, me quedo con el segundo, libre de esa odiosa y arbitraria comparación entre grande y pequeño, y con una pizca de sabor a íntimo y profundo. Quizá tenga que ver lo que en ello veo de narración de las vidas rutinarias, y lo cómodos y seguros que nos encontramos en ocasiones inmersos en ellas.

Tiempo atrás leía a Unamuno en su "En torno al casticismo", que decía al respecto lo siguientes:

"Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del "presente momento histórico", no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizadas así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la Historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido, sobre la inmesa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar en el pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras."

Me perdía en el pensamiento de todo ello, digo, y en lo que puede tener de fuente para nuestra intrahistoria actual lo que nosotros mismos escribimos en estos cuadernos. En ellos pueden vislumbrarse nuestras inquietudes más comunes, los sueños y las esperanzas; también las fobias y las decepciones... Todo.

El mismo acto de divagar en este tipo de asuntos -o en otro-, mientras conducía el largo trayecto que todos los días me lleva al trabajo, es algo tan común a cualquiera de nosotros hoy en día, que cuesta trabajo creer que terminará por consumirse en nuestra memoria del mismo modo que una cerilla recién encendida al recibir el aliento de la brisa. Apenas recordamos lo que nos preocupaba el martes de la semana pasada, ni lo que llegamos a concluir el día anterior ¿A dónde diablos va a parar todo aquello?, ¿vale de algo lo que pensamos o incluso lo que hacemos?.

Y todos los días, cuando estoy llegando a mi destino, termino recibiendo la misma respuesta, tan obsesiva como el graznido de Nevermore, que lanza mis divagaciones de madrugada al vacio de la confusión.


jueves, 17 de septiembre de 2009

Parepidemos Samosatense



- ¿Vas a alguna fiesta Parepidemos?

Otro que no fuera yo, hubiera respondido con cualquier improperio o amenaza ante semejante burla, alzaría el puño cerrado y mirando a los ojos de quién le hizo esa pregunta lanzaría una terrible y secreta maldición. Pero mi cuna allá en Samosata fue mecida por reputados sabios, y me limito a detener mi paso, sonreir y extender los brazos contestando

- Sí, a una a la que por lo visto no has sido invitado tú.

Todo ello les viene a estas gentes de no haber visto nunca a un peregrino que engalana su báculo y cuida su vestido, que su cano cabello lo adorna con cuidados bucles, y que de su barba no cuelgan los restos de la comida del día anterior, ¡salvajes!

Me cuesta acostumbrarme a las toscas maneras de estos pueblos, tan lejanos de aquella tierra civilizada de la que procedo, pero ¿no la abandoné con el objeto de conocer todos estos lugares, y encontrar en alguno de ellos la respuesta a esa pregunta que me atormenta?

En ocasiones, la fortuna parece querer dar un descanso a este pobre peregrino, colocando en el camino un paisaje hermoso, buenas gentes que con sencillez le hacen a uno sentirse como si estuviera en su propia casa, o todo el lujo y la hermosura que dejé allá en las orillas orientales de este mar que todo lo abarca.

Cuando llegué a Egipto, encontré en Tebas el mejor de los acomodos, confortables palacios y mercados llenos de abundancia, una nutrida biblioteca y gentes de toda procedencia. Fue allá donde conocí a un mercader de Tiro que había hecho fortuna vendiendo los rollos que, según él, rescataba de naves naufragadas. Para mí que era un pirata que saqueaba los barcos que se acercaban por aquellas costas, y vendía después todo el botín en los más ricos mercados.

Peirátes, que era como se llamaba aquél supuesto mercader, me habló una noche de un rollo que vendió en la lejana Cartago, que era muy conocido por ser la única copia existente del “Tratado sobre los efectos curativos de la brisa cruzada por diferentes arbustos” de Dendron, una obra muy valiosa que seguro que proporcionaría generosos beneficios a quién pudiera hacer alguna copia de él.

Fue así como me presenté en Cartago, solicitando a sus gobernantes permiso para examinar unos documentos que se conservan en su biblioteca de Xilón, cronista de la reina Dido. Aunque mi objetivo era el otro -¡y vaya si lo logré!-, no pude evitar el detener mi atención en los textos escritos por tal singular autor, más aún cuando tuve la fortuna de conocer a algunos de los personajes que acompañaron a aquella desdichada reina y ser tratado por ellos con las más sincera y atenta hospitalidad.

Durante varias semanas me fue imposible abandonar aquél lugar, y eso es ya raro en Parepidemos, pero eran tantas las cosas que un extranjero podía escuchar de la voz de los propios protagonistas de aquella historia, que apenas quería dedicarme a otro menester que al de dejarme llevar por el placer de su compañía y el goce de su conversación.

Es por ello que antes de marcharme quise escribir y leer en la plaza pública un poema dedicado a aquella querida reina, lo hice con todo el amor que sentí en el corazón de mis anfitriones y espero que aunque fuera sólo eso, se notara. Era lo menos que podía hacer antes de abandonar Cartago seguramente para siempre. Eso sí, también encontrarán en el templo de Juno, en el lugar donde se recogen los donativos para erigir una estatua a la reina, una importante cantidad de monedas de oro; la misma que un mercader sirio había pagado por una copia del Dendron…

Me dicen que, como peregrino debo de ir a algún sitio y que cuál es ese. Yo según el humor que tenga callo, respondo alguna vaguedad que me evite el dar más explicaciones, o señalando a Occidente afirmo que marcho hacia sus confines, al lugar donde todo, incluso el sol, encuentra su fin.

- ¿y porqué lo haces?

- Para que cada vez que vuelva la vista hacia atrás, vea que soy capaz de seguir dejando huellas en el camino de mi memoria.


Nota: vaya este breve texto, que tuvo la fortuna de ver las primeras luces en el cuaderno de mi estimada amiga Isabel, en homenaje a la feliz noticia que ella misma nos ha comunicado hace pocos día: en breve pasarán al papel algunos de los maravillosos escritos con los que con tanta frecuencia nos regala desde su Mujeres de Roma. Con todo el cariño del mundo, querida Isabel, mi mas sincera enhorabuena.

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