
miércoles, 7 de octubre de 2009
Tu lo sabes (divagaciones febriles)

jueves, 17 de septiembre de 2009
Parepidemos Samosatense

- ¿Vas a alguna fiesta Parepidemos?
Todo ello les viene a estas gentes de no haber visto nunca a un peregrino que engalana su báculo y cuida su vestido, que su cano cabello lo adorna con cuidados bucles, y que de su barba no cuelgan los restos de la comida del día anterior, ¡salvajes!
Me cuesta acostumbrarme a las toscas maneras de estos pueblos, tan lejanos de aquella tierra civilizada de la que procedo, pero ¿no la abandoné con el objeto de conocer todos estos lugares, y encontrar en alguno de ellos la respuesta a esa pregunta que me atormenta?
En ocasiones, la fortuna parece querer dar un descanso a este pobre peregrino, colocando en el camino un paisaje hermoso, buenas gentes que con sencillez le hacen a uno sentirse como si estuviera en su propia casa, o todo el lujo y la hermosura que dejé allá en las orillas orientales de este mar que todo lo abarca.
Cuando llegué a Egipto, encontré en Tebas el mejor de los acomodos, confortables palacios y mercados llenos de abundancia, una nutrida biblioteca y gentes de toda procedencia. Fue allá donde conocí a un mercader de Tiro que había hecho fortuna vendiendo los rollos que, según él, rescataba de naves naufragadas. Para mí que era un pirata que saqueaba los barcos que se acercaban por aquellas costas, y vendía después todo el botín en los más ricos mercados.
Peirátes, que era como se llamaba aquél supuesto mercader, me habló una noche de un rollo que vendió en la lejana Cartago, que era muy conocido por ser la única copia existente del “Tratado sobre los efectos curativos de la brisa cruzada por diferentes arbustos” de Dendron, una obra muy valiosa que seguro que proporcionaría generosos beneficios a quién pudiera hacer alguna copia de él.
Fue así como me presenté en Cartago, solicitando a sus gobernantes permiso para examinar unos documentos que se conservan en su biblioteca de Xilón, cronista de la reina Dido. Aunque mi objetivo era el otro -¡y vaya si lo logré!-, no pude evitar el detener mi atención en los textos escritos por tal singular autor, más aún cuando tuve la fortuna de conocer a algunos de los personajes que acompañaron a aquella desdichada reina y ser tratado por ellos con las más sincera y atenta hospitalidad.
Durante varias semanas me fue imposible abandonar aquél lugar, y eso es ya raro en Parepidemos, pero eran tantas las cosas que un extranjero podía escuchar de la voz de los propios protagonistas de aquella historia, que apenas quería dedicarme a otro menester que al de dejarme llevar por el placer de su compañía y el goce de su conversación.
Es por ello que antes de marcharme quise escribir y leer en la plaza pública un poema dedicado a aquella querida reina, lo hice con todo el amor que sentí en el corazón de mis anfitriones y espero que aunque fuera sólo eso, se notara. Era lo menos que podía hacer antes de abandonar Cartago seguramente para siempre. Eso sí, también encontrarán en el templo de Juno, en el lugar donde se recogen los donativos para erigir una estatua a la reina, una importante cantidad de monedas de oro; la misma que un mercader sirio había pagado por una copia del Dendron…
Me dicen que, como peregrino debo de ir a algún sitio y que cuál es ese. Yo según el humor que tenga callo, respondo alguna vaguedad que me evite el dar más explicaciones, o señalando a Occidente afirmo que marcho hacia sus confines, al lugar donde todo, incluso el sol, encuentra su fin.
- ¿y porqué lo haces?
- Para que cada vez que vuelva la vista hacia atrás, vea que soy capaz de seguir dejando huellas en el camino de mi memoria.

miércoles, 12 de agosto de 2009
Guía del observador de nubes
Pensé entonces en todo lo que te queda por descubrir y experimentar, y en que tu mirada, que ahora se dirigía a un punto tan próximo como la palma de tu mano, iría distanciándose cada vez más de ti mismo, hasta alcanzar destinos ahora desconocidos.
Supongo que en algún momento de tu peregrinaje por las cosas del mundo, darás con ese instante que su sola visión te conmoverá el alma, y también con el rostro que robará tu corazón. Tu mirada, que ahora ha encontrado esa mano que pudiera el día de mañana guiar maravillosas lecturas o sentir el tacto de la belleza, será la que abra la puerta a tus pensamientos, a todos tus sueños y esperanzas… Ya verás, sólo tienes que esperar.
Pasará que en ocasiones quieras disfrutar de aquello que está por encima de tu cabeza; de aquello que, por mejor decirlo, precisa detener el paso y guardar un poco de silencio, alzar la mirada y sentir la brisa celeste tonificando tu rostro. Entonces, es seguro que tu razón acompañe a lo que dice tu mirada:
Hamlet: ¿Ves aquella nube que tiene forma de camello?
Polonio: Sí, por el tamaño parece en efecto un camello.
Hamlet: Pues ahora me parece una comadreja.
Polonio: Sin duda tiene la forma de comadreja.
Hamlet: O quizá de ballena.
Polonio: Se parece mucho a una ballena.
Camellos, comadrejas, ballenas, aviones, o jinetes a caballo, como Mantegna en su San Sebastián; la cara de un hombre gordo o el trazo de una sonrisa… todo ello lo irás encontrando en el cielo. Y a medida que crezcas, descubrirás que sólo tú sabes qué es esa forma que flota lentamente proyectando una espesa sombra sobre el llano.
Quizá entiendas que cada uno puede encontrar en ello lo que quiera, o lo que pueda, y que lo que tú ves no es ni mejor ni peor: es parte de ti, como esa pequeña mano que descubrías esta mañana, mientras presenciábamos orgullosos cómo soltabas tus primeras amarras rumbo al futuro.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Intermedio II
jueves, 23 de julio de 2009
Maat
Era el final de una tarde verano de un día como el de hoy. El sol pasaba ya bajo, dejando sobre aquel lugar un hermoso tono dorado que invitaba a nuestros sentidos a dejarse abandonar en una placentera indolencia. Tumbados en silencio en un pequeño prado a orillas del Carrión, sólo nos ocupábamos en escuchar al agua del río moviéndose con frescura, y empujando de vez en cuando a algún canto que en su fondo había perdido un equilibrio que quizá llevaba manteniendo desde hacía décadas.A un lado la brisa, que corría por el cauce sobre las aguas, agitaba suavemente un juncal haciendo un efecto muy agradable que a nosotros se nos antojaba casi sobrenatural.
- Maaaaaat- exclamábamos los dos en tono divertido cada vez que esto ocurría.
Aquél día, como todos, lo habíamos pasado rondando por el pueblo, saltando zanjas, corriendo dehesas y huyendo de más de un paisano que maldecía la mala fama que el Martinico y el forastero se habían forjado a base de merodear gallineros y huertos ajenos. A los catorce años, aquello parecía cosa obligada y no íbamos a ser nosotros quienes abandonaran tan arraigada tradición. Cuando ya dimos por terminada nuestra importante labor o, mejor dicho, la ganas de hacerla, decidimos acabar el día en uno de nuestros lugares favoritos: a la salida del pueblo, en un pequeño prado junto al puente a orillas del río.
Un tío de mi amigo Martín, nos había dado para que nos entretuviéramos un libro: “Mitología Egipcia en mil palabras”, perteneciente a una colección de bolsillo de alguna popularidad por aquél entonces. Ahí encontramos, en muy pocas palabras claro está, a Maat con sus alas extendidas cubriendo el universo, mientras rige el orden y el equilibrio del cosmos, y toma parte en la pesada de almas. Este detalle fue el que terminó por atraernos hacia aquella extraña diosa.
- Maaaaaat- la brisa volvió a envolver los juncos con su vuelo.
Aburridos del silencio, del murmullo de las aguas, y del rumor del juncal, nuestros pensamientos abandonaron por un momento a la divinidad, para dedicarse a cuestiones más banales. Con las cortezas de unos árboles próximos nos hicimos unas pequeñas embarcaciones, aparejando cada uno la suya como mejor le parecía. Hecho esto, nos acercamos a la orilla y las lanzamos a la vez al agua. Quedamos de pie, en silencio, observándolas acercarse a los ojos del puente arrastradas suavemente por la corriente.
Cuando ya casi estaban llegando bajo él, corrimos hacia el puente, con tiempo para para verlos entrar casi a la vez, justo por debajo de nosotros. Al poco, asomó por otro lado sólo uno de los barcos: el mío. Luego continuó su navegación alejándose de nosotros a veces golpeándose contra una roca, y otras saliendo de nuevo a flote tras hundirse en un remolino.
Martín seguía con la vista fija en los ojos del puente, esperando ver aparecer a su barco, pero nada. Finalmente, me miró y se encogió de hombros sonriendo.
- Bueno, me tengo que ir, hoy vienen mis abuelos y mis padres quieren que esté pronto en. Casa.
- Si -le respondí-, yo también me voy que mañana volvemos a casa, y me han dicho que hoy no falte a cenar para acostarnos pronto.
- Entonces, hasta el año que viene... ¿vendrás, verdad?
- Eso espero, mis padres han dicho que si.
Marchó, y yo me quedé un rato más, apoyado al petril de puente mirando a lo lejos, como buscando donde había ido a perderse mi barco. Nada, por mucho que apretaba la mirada y la hilvanaba por entre las ramas, troncos y rocas que se bañaban en el río, no había manera de dar con él.
- !Charles!- me grito mi amigo mientras se alejaba.
- !Que!
- !Maaaaaaaaaat!- gritó alargando interminablemente la “a” mientras alzaba la mano despidiendose de mi.
- !Maaaaaaaaaat!- le respondí.
Y aquella fue la última vez que le vi.
miércoles, 8 de julio de 2009
La Centella

Hace unos días tuve la inmensa fortuna de conocer personalmente, después de mucho tiempo, a un puñado de buenos amigos. Acompañado de La Rouge y el pequeño Iago, aquella mañana disfruté de unos maravillosos momentos, en los que se mezclaron a iguales partes la alegría del encuentro y el placer de la conversación. El tiempo se hizo corto, y eso a fe mía que es buena señal, pues marchamos de allí con el corazón arropado por el mejor de los ánimos.
Después de una visita familiar, en la que merendamos plácidamente, regresamos a casa con una extraña y agradable sensación de dulce reposo. Todavía clareaba el día y me quedaba tiempo para acomodarme en mi rincón favorito de la casa, con el objeto de cumplir con el ritual que un día como aquél exigía.
Rebuscando entre los papeles que descansan apilados junto a otro montón de papeles que esperan su momento, di con tres hojas de la Gazeta de Madrid del 11 de noviembre de 1766, en las que se transcribe una carta enviada desde París el 27 de octubre del mismo año. En ella se cuenta cómo una fragata llamada “Modesta”, con 24 cañones y 70 personas entre tripulación y pasajeros, ardió en medio de su trayecto entre Marsella y Cabo Francés. La carta se acompaña de una relación escrita por el Capitán de la fragata, un tal Jules Gayet, que hace un relato de los hechos lleno de emoción y de una calidad que, en ocasiones, asemeja mucho a una crónica periodística. Esta es:


jueves, 18 de junio de 2009
El hijo de Caroline

De esto hace más de 150 años.
Si uno se fija con detenimiento en la fotografía, y deja de lado ese algo de inquietud que producen las imágenes del pasado, terminará por preguntarse por esa figura estática que parece estar observándonos sentada ante la puerta de la casa.
Pasaré a contar algo de ella.
Caroline nació en Londres el 27 de septiembre de 1794, era de origen francés y pertenecía a una de tantas familias que se habían exiliado a Inglaterra durante la revolución. Su madre pertenecía a una rica familia de Champagne, y su padre, originario de aquella misma región, murió un año después, en el desembarco de Quiberon.
Madre e hija regresaron a Francia en 1800, pero la primera falleció al poco, dejando a Caroline huérfana con tan sólo seis años. Los Perignon, familiares más próximos de la niña, fueron quienes se ocuparon de ella, dándole una educación acorde a una joven de su época, hasta que algunos años después, en 1819, contrajo matrimonio con un amigo de la familia, llamado François, que le llevaba entonces cerca de 40 años: “Aquél viejo (me parecía entonces viejo -!yo era tan joven!-, con sus cabellos grises y sus cejas negras como el ébano) me gustaba por su espíritu tan original”.
Del matrimonio nació un niño, pero dada la edad del padre poco ha de extrañar que pronto los dejara viuda y huérfano. Caroline, que, para aquél entonces debía estar más que acostumbrada a la pérdida de sus seres más próximos, volvió a casarse poco después, por conveniencia, con un militar de costumbres rígidas y puritanas, que llevarían a enfrentar a madre e hijo, hasta provocar la ruptura entre ambos.
El resto de sus vidas no sería otra cosa que un intercambio entre ambos de reproches, de inútiles demandas de afecto...
Cuando me detengo a mirar esta fotografía, me imagino a Caroline esperando el regreso de su hijo, confiada en que asomaría algún día por la puerta del jardín. Lo esperó, pienso, incluso después de verlo morir lleno de dolor entre sus brazos.
Lejos, en la capital, quedaban impresos los versos del hijo de Caroline.



