miércoles, 12 de agosto de 2009

Guía del observador de nubes

(Fotografía de Mike Rubin en la web de The Cloud Appreciation Society)

Esta mañana he visto por primera vez cómo te observabas la mano. Lo hacías como si fuera un descubrimiento, alzándola frente a tu cara mientras la mirabas con muchísima curiosidad: girabas la palma y movías lentamente los dedos, hasta detener este juego para quedarte con la mirada fijada en ella.

Pensé entonces en todo lo que te queda por descubrir y experimentar, y en que tu mirada, que ahora se dirigía a un punto tan próximo como la palma de tu mano, iría distanciándose cada vez más de ti mismo, hasta alcanzar destinos ahora desconocidos.

Supongo que en algún momento de tu peregrinaje por las cosas del mundo, darás con ese instante que su sola visión te conmoverá el alma, y también con el rostro que robará tu corazón. Tu mirada, que ahora ha encontrado esa mano que pudiera el día de mañana guiar maravillosas lecturas o sentir el tacto de la belleza, será la que abra la puerta a tus pensamientos, a todos tus sueños y esperanzas… Ya verás, sólo tienes que esperar.

Pasará que en ocasiones quieras disfrutar de aquello que está por encima de tu cabeza; de aquello que, por mejor decirlo, precisa detener el paso y guardar un poco de silencio, alzar la mirada y sentir la brisa celeste tonificando tu rostro. Entonces, es seguro que tu razón acompañe a lo que dice tu mirada:

Hamlet: ¿Ves aquella nube que tiene forma de camello?

Polonio: Sí, por el tamaño parece en efecto un camello.

Hamlet: Pues ahora me parece una comadreja.

Polonio: Sin duda tiene la forma de comadreja.

Hamlet: O quizá de ballena.

Polonio: Se parece mucho a una ballena.

Camellos, comadrejas, ballenas, aviones, o jinetes a caballo, como Mantegna en su San Sebastián; la cara de un hombre gordo o el trazo de una sonrisa… todo ello lo irás encontrando en el cielo. Y a medida que crezcas, descubrirás que sólo tú sabes qué es esa forma que flota lentamente proyectando una espesa sombra sobre el llano.

Quizá entiendas que cada uno puede encontrar en ello lo que quiera, o lo que pueda, y que lo que tú ves no es ni mejor ni peor: es parte de ti, como esa pequeña mano que descubrías esta mañana, mientras presenciábamos orgullosos cómo soltabas tus primeras amarras rumbo al futuro.


miércoles, 5 de agosto de 2009

Intermedio II

(Ilustración de Andrei Molotiu)


Con el paso cortado por un torrente de encuentros,

Asomados desde lo más profundo de aquellas entrañas ,

Entregó su vuelo al silencio

Y descubrió

Al tacto de su mirada

El rastro preciso de la esperanza.


jueves, 23 de julio de 2009

Maat

Era el final de una tarde verano de un día como el de hoy. El sol pasaba ya bajo, dejando sobre aquel lugar un hermoso tono dorado que invitaba a nuestros sentidos a dejarse abandonar en una placentera indolencia. Tumbados en silencio en un pequeño prado a orillas del Carrión, sólo nos ocupábamos en escuchar al agua del río moviéndose con frescura, y empujando de vez en cuando a algún canto que en su fondo había perdido un equilibrio que quizá llevaba manteniendo desde hacía décadas.

A un lado la brisa, que corría por el cauce sobre las aguas, agitaba suavemente un juncal haciendo un efecto muy agradable que a nosotros se nos antojaba casi sobrenatural.

- Maaaaaat- exclamábamos los dos en tono divertido cada vez que esto ocurría.

Aquél día, como todos, lo habíamos pasado rondando por el pueblo, saltando zanjas, corriendo dehesas y huyendo de más de un paisano que maldecía la mala fama que el Martinico y el forastero se habían forjado a base de merodear gallineros y huertos ajenos. A los catorce años, aquello parecía cosa obligada y no íbamos a ser nosotros quienes abandonaran tan arraigada tradición. Cuando ya dimos por terminada nuestra importante labor o, mejor dicho, la ganas de hacerla, decidimos acabar el día en uno de nuestros lugares favoritos: a la salida del pueblo, en un pequeño prado junto al puente a orillas del río.

Un tío de mi amigo Martín, nos había dado para que nos entretuviéramos un libro: “Mitología Egipcia en mil palabras”, perteneciente a una colección de bolsillo de alguna popularidad por aquél entonces. Ahí encontramos, en muy pocas palabras claro está, a Maat con sus alas extendidas cubriendo el universo, mientras rige el orden y el equilibrio del cosmos, y toma parte en la pesada de almas. Este detalle fue el que terminó por atraernos hacia aquella extraña diosa.

- Maaaaaat- la brisa volvió a envolver los juncos con su vuelo.

Aburridos del silencio, del murmullo de las aguas, y del rumor del juncal, nuestros pensamientos abandonaron por un momento a la divinidad, para dedicarse a cuestiones más banales. Con las cortezas de unos árboles próximos nos hicimos unas pequeñas embarcaciones, aparejando cada uno la suya como mejor le parecía. Hecho esto, nos acercamos a la orilla y las lanzamos a la vez al agua. Quedamos de pie, en silencio, observándolas acercarse a los ojos del puente arrastradas suavemente por la corriente.

Cuando ya casi estaban llegando bajo él, corrimos hacia el puente, con tiempo para para verlos entrar casi a la vez, justo por debajo de nosotros. Al poco, asomó por otro lado sólo uno de los barcos: el mío. Luego continuó su navegación alejándose de nosotros a veces golpeándose contra una roca, y otras saliendo de nuevo a flote tras hundirse en un remolino.

Martín seguía con la vista fija en los ojos del puente, esperando ver aparecer a su barco, pero nada. Finalmente, me miró y se encogió de hombros sonriendo.

- Bueno, me tengo que ir, hoy vienen mis abuelos y mis padres quieren que esté pronto en. Casa.

- Si -le respondí-, yo también me voy que mañana volvemos a casa, y me han dicho que hoy no falte a cenar para acostarnos pronto.

- Entonces, hasta el año que viene... ¿vendrás, verdad?

- Eso espero, mis padres han dicho que si.

Marchó, y yo me quedé un rato más, apoyado al petril de puente mirando a lo lejos, como buscando donde había ido a perderse mi barco. Nada, por mucho que apretaba la mirada y la hilvanaba por entre las ramas, troncos y rocas que se bañaban en el río, no había manera de dar con él.

- !Charles!- me grito mi amigo mientras se alejaba.

- !Que!

- !Maaaaaaaaaat!- gritó alargando interminablemente la “a” mientras alzaba la mano despidiendose de mi.

- !Maaaaaaaaaat!- le respondí.

Y aquella fue la última vez que le vi.


miércoles, 8 de julio de 2009

La Centella

Tengo la costumbre, cuando el paso de los acontecimientos dejan en mí un poso diferente al que a diario acostumbra, de retirarme a leer tranquilamente y en total silencio, durante todo el tiempo que me sea posible, la copia de algún documento antiguo de esos que guardo con especial cariño en un rincón de mi casa. En otras ocasiones, echo mano de mi querido ejemplar de Los Ensayos de Montaigne, como buscando consejo, o la voz cálida de un fiel compañero. Unos y otro son los principales refugios a los que la costumbre de muchos años me lleva, cuando es el momento, a buscar la paz, el sosiego y la reflexión.

Hace unos días tuve la inmensa fortuna de conocer personalmente, después de mucho tiempo, a un puñado de buenos amigos. Acompañado de La Rouge y el pequeño Iago, aquella mañana disfruté de unos maravillosos momentos, en los que se mezclaron a iguales partes la alegría del encuentro y el placer de la conversación. El tiempo se hizo corto, y eso a fe mía que es buena señal, pues marchamos de allí con el corazón arropado por el mejor de los ánimos.

Después de una visita familiar, en la que merendamos plácidamente, regresamos a casa con una extraña y agradable sensación de dulce reposo. Todavía clareaba el día y me quedaba tiempo para acomodarme en mi rincón favorito de la casa, con el objeto de cumplir con el ritual que un día como aquél exigía.

Rebuscando entre los papeles que descansan apilados junto a otro montón de papeles que esperan su momento, di con tres hojas de la Gazeta de Madrid del 11 de noviembre de 1766, en las que se transcribe una carta enviada desde París el 27 de octubre del mismo año. En ella se cuenta cómo una fragata llamada “Modesta”, con 24 cañones y 70 personas entre tripulación y pasajeros, ardió en medio de su trayecto entre Marsella y Cabo Francés. La carta se acompaña de una relación escrita por el Capitán de la fragata, un tal Jules Gayet, que hace un relato de los hechos lleno de emoción y de una calidad que, en ocasiones, asemeja mucho a una crónica periodística. Esta es:



"EI 15 de septiembre partí de la Rada de Marsella, poniendo la proa a Cabo Francés. Navegamos con viento favorable desde aquel día hasta el 19 a las diez de la noche. A las once y media nos sobrevino una furiosa tempestad, y cayó una centella en la fragata: atónita la mayor parte de la tripulación fue trastornada, y muchos marineros heridos apenas podían levantarse; pero no falleció persona alguna, y solo dos caballos que llevábamos cayeron muertos. Después de habernos reconocido en medio de la obscuridad de la nube que circundaba el navío, y desvaneciéndose el primer susto, mandé inmediatamente reconocer la embarcación. No se descubrió indicio alguno de fuego en toda ella; mas apenas habíamos comenzado a consolarnos, cuando un olor de azufre nos anunció el peligro que nos amenazaba. El negro humo que le produjo se elevó y condensó visiblemente: venia de lo mas profundo del navío: se grita por agua, y se echa abundante por todas partes; pero la humareda iba siempre en aumento.

Di orden para que la pólvora se arrojase a toda prisa por las cañoneras de la Santa Barbara. Mandé a los Oficiales hiciesen echar al mar nuestras dos Canoas y aunque se ejecutó con demasiada precipitación, arrojándose a ellas de tropel, solo un hombre he visto perecer. Al mismo tiempo se hicieron varias aberturas para que entrase por todos lados mayor porción de agua en la bodega. Todos nuestros esfuerzos son inútiles: el fuego va a acabar con nosotros: el horror de una ultima noche, la ninguna esperanza de socorro, y el espantoso genero de muerte que nos aguarda, sé aumenta con el resplandor de las llamas, que nos cercan por todas partes. Prendiose el fuego en la Chalupa que nos quedaba, quitándonos este único y último recurso: a cuya vista se unió un triste desfallecimiento a la mayor consternación. El incendio hace rápidos progresos, y a medio quemar se desprende y cae el palo mayor, estando ya abrasada toda la popa de la Fragata. Las afligidas reliquias de la tripulación y pasajeros se amontonan, comprimen y fatigan, retirándose temblando a la proa, y desde este último y único asilo extienden los brazos hacia la tierra, que no miran muy distante; pero el viento que sopla de aquella parte nos rechaza sin permitirnos abordar. Ya no quedaban mas recursos en lo humano: era preciso perecer entre las llamas, o arrojarse al mar con la débil esperanza, de salvarse al favor de algunos destrozos de la fragata.

Entre doce y una de la noche llegan las llamas al gallardete de popa, arrojándonos enteramente del navío. Gritan entonces : libertaos Capitán que aun estáis a tiempo: mirando al rededor y exhortandonos mutuamente a sostenernos y ayudarnos en cuanto fuese posible, pasamos de una a otra jarcia , alejándonos del fuego para acercarnos a otro elemento que nos debía sumergir. Llegamos por fin a la extremidad del palo mayor, que manteniendo siempre el de gavia, la gavia principal, con los obenques, antenas y velas, formaba un espacio suficiente para recibirnos a todos comno sobre una balsa.

Al amanecer del Sábado 20. reconocí se hallaban conmigo hasta 34 personas; y en esta triste situación, que duró cuatro días , el Omnipotente, a quien no cesé de invocar nos conservó hasta en numero de 19. Los niños y galopines o pajes de escoba, fueron los primeros que rindieron su espíritu al Criador: los mas débiles iban espirando sucesivamente, anunciándonos que no tardaríamos en seguirlos. Ya no esperábamos mas que este último instante; y al ver el fin del primer día , que fue el mas largo y triste de nuestra vida, no nos lisongeabamos poder resistir al tormento de una noche aun más dilatada y más insoportable. Los infelices, cuyo juicio estaba trastornado con el delirio de la calentura; me preguntaban quien de nosotros debía ser degollado el primero para servir de alimento a sus compañeros. Otro me pidió lastimosamente dinero para ir a comprar que comer. Los que desmayados o entorpecidos se desprendían del palo, nos advertían su muerte con el estrépito de su caída: y como a este tiempo se estremecía fuertemente el palo flotante, nos hacían beber a todos el agua amarga. Exhorté y animé a los que como yo aun conservaban su juicio; pero mi voz, que no he recobrado todavía, se iba extenuando con mis fuerzas. Por primer favor nos concedió el Cielo una calma que nos dejó fluctuar suavemente entre la vida y la muerte. Durante dos noches vimos las llamas de la fragata abrasada, y cuando se calentaron los cañones, tuvimos que sufrir el fuego de nuestra artillería. No hemos tenido noticia alguna de las embarcaciones a remos, ni sabernos si viven los que pasaron a su bordo, ni los demás que pudieron salvarse en algunas tablas de la fragata. En cuanto a nosotros, esto es, los que estaban conmigo, perecieron 17 a mi vista.

Finalmente el Martes 23 de Septiembre por la noche, al favor de la luna, descubrieron algunos de nuestros marineros un pequeño bagel inglés, que pasando a bastante distancia no nos percibió; y aunque dieron grandes voces, tampoco pudieron oírlas. Echaronse valerosamente a nado dos de nuestros marineros para ver si lograban alcanzarle; pero no pudiendo fiarse en las pocas fuerzas que ya tenían, se ayudaron de la antena de papagayo para sostenerse, y de sus brazos para remar. Y habiendo alcanzado felizmente al navío ingles, tuvieron la fortuna de encontrar con hombres siempre dispuestos a socorrer a sus semejantes. El capitán Thomas Hubbert, que mandaba esta Embarcación, dio orden de echar inmediatamente su Canoa al mar, y a las 9 de la mañana, a seis o siete leguas de distancia del cabo de Moulin, fuimos recibidos a bordo del Senante Ingles, con toda la humanidad posible, hasta en número de 19. El Capitán me dio luego un baso de vino para repararme ; pero con la esquinencia que tenia , solo pude con bastante trabajo pasar algunas gotas. Presentose otro baso al Sr. Fauquete, que era un joven vigoroso y fuerte, y al arrimarle a los labios, se agitó repentinamente por una especie de convulsión, apretó y despedazó el baso con los dientes , y cayó muerto a nuestros pies...”


Al terminar la lectura de esta carta, uno no pudo evitar el pensar en el destino de esas gentes; en si sobrevivieron o sus padecimientos tuvieron un mal fin, parecido al del tal Fauquete; ¿qué fue de aquellos que saltaron a la barca de remos, o de los que pudieron salvarse sujetos a las tablas flotantes?. Ahora ya poco importa. Seguramente para los que lo pudieron contar, la cosa quedó en poco más que una experiencia que relatar a sus compañeros, amigos y familiares en torno a un buen vaso de aguardiente en cualquier taberna de Marsella. Después, volverían a la mar.

Encontré todo esto tan parecido a esas lecturas llenas de salitre, honor y aventura que aquellos amigos de los que hablaba al principio revivieron en mí hace ya algún tiempo, que casi podía ver en historias reales como estas, la fuente de la que bebieron las musas que inspiraron algunos de los mejores relatos de Stevenson.

Comenzaba a anochecer.

Volví a dejar esas hojas en su lugar. Corrían por mi memoria todos los hechos vividos durante aquél día, las historias que intercambiamos, el placer de descubrir otras vivencias que el destino ha hecho que confluyan con la nuestra...

De la misma manera que a uno se le puede hacer extraña, o por lo menos lejana, la vida de aquellos navegantes, se me antoja que también le resultará a alguien en el futuro -quién sabe si ya, ahora- esta curiosa manía que tenemos de lanzar al vacío de la web nuestros pensamientos y ocurrencias más variopintos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? -nos preguntábamos al hablar de nuestras bitácoras.

No lo sé, seguramente fue cosa del destino, de las circunstancias propias de cada uno. No lo sé, pero prefiero quedarme con aquello que dijo el maestro Montaigne en uno de sus más deliciosos ensayos:

Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”

jueves, 18 de junio de 2009

El hijo de Caroline

De esto hace más de 150 años.

Si uno se fija con detenimiento en la fotografía, y deja de lado ese algo de inquietud que producen las imágenes del pasado, terminará por preguntarse por esa figura estática que parece estar observándonos sentada ante la puerta de la casa.

Pasaré a contar algo de ella.

Caroline nació en Londres el 27 de septiembre de 1794, era de origen francés y pertenecía a una de tantas familias que se habían exiliado a Inglaterra durante la revolución. Su madre pertenecía a una rica familia de Champagne, y su padre, originario de aquella misma región, murió un año después, en el desembarco de Quiberon.

Madre e hija regresaron a Francia en 1800, pero la primera falleció al poco, dejando a Caroline huérfana con tan sólo seis años. Los Perignon, familiares más próximos de la niña, fueron quienes se ocuparon de ella, dándole una educación acorde a una joven de su época, hasta que algunos años después, en 1819, contrajo matrimonio con un amigo de la familia, llamado François, que le llevaba entonces cerca de 40 años: “Aquél viejo (me parecía entonces viejo -!yo era tan joven!-, con sus cabellos grises y sus cejas negras como el ébano) me gustaba por su espíritu tan original”.

Del matrimonio nació un niño, pero dada la edad del padre poco ha de extrañar que pronto los dejara viuda y huérfano. Caroline, que, para aquél entonces debía estar más que acostumbrada a la pérdida de sus seres más próximos, volvió a casarse poco después, por conveniencia, con un militar de costumbres rígidas y puritanas, que llevarían a enfrentar a madre e hijo, hasta provocar la ruptura entre ambos.

El resto de sus vidas no sería otra cosa que un intercambio entre ambos de reproches, de inútiles demandas de afecto...

Cuando me detengo a mirar esta fotografía, me imagino a Caroline esperando el regreso de su hijo, confiada en que asomaría algún día por la puerta del jardín. Lo esperó, pienso, incluso después de verlo morir lleno de dolor entre sus brazos.

Lejos, en la capital, quedaban impresos los versos del hijo de Caroline.


miércoles, 27 de mayo de 2009

Retif le griffon

Uno

Lo único que se de ese hombre es que cualquier día, haga el tiempo que haga, se le puede ver merodear por La Isla, escribiendo con frecuencia en las piedras” -cuenta que oyó decir a una mujer con respecto a él una tarde de agosto de 1783. Parece que poco se podía entender de lo que escribía, pues al pobre Retif lo bautizaron con el sobrenombre de griffon, que procede de la palabra grifonner, garabatear, escribir de manera incomprensible.

Así, hubo quien en cierta ocasión gritó: “!Que viene el griffon de la isla a escribir en las piedras, sálvese quien pueda!”. Otros mostraban más tolerancia hacia él y se limitaban a afirmar que: “Es ese pobre escritor de fechas, a quién los niños llaman griffon. Es un buen hombre”.





Dos

Fue en 1779, el 5 de noviembre, en la época de mi primera dolencia de pecho, cuando comencé a escribir sobre la piedra, en la Isla de San Luis. La primera inscripción está en la décima piedra, a la derecha del puente rojo, entrando por la parte de la Isla. La hice con la siguiente idea: ¿vería ésta inscripción el año que viene?. Se me ocurrió que si la volvía a ver, experimentaría un sentimiento placentero, y el placer es tan raro en el otoño de la vida que merece la pena la ocasión de buscarlo.”




Tres

Retif de la Bretonne vino al mundo en Borgoña, en el seno de una familia janseanista, que es como decir dada a llevar unas muy rígidas costumbres. Prueba de ello es que cuando le llegó el momento, su educación fue encomendada a su comunidad religiosa, donde se ocuparon de recordarle repetidamente las desastrosas consecuencias que tenía para su salvación el vivir con una moral relajada.

Pero como suele ocurrir con frecuencia en casos como estos, el joven Retif sintió más interes por navegar contra la corriente. Cuando apenas cumplió los dieciséis años, se manifestaba perdidamente enamorado de una joven de su pueblo, y con pocas ganas de preocuparse por las cuestiones de la fe y la salvación. La afortunada se llamaba Jeannette Rousseau, y por ella juró, un día de pascua, fidelidad eterna, prometiéndose que la amaría en secreto hasta el final de sus días.

Los padres de Retif se dieron pronto cuenta del rumbo que tomaban las inquietudes de su hijo, y lo enviaron a Auxerre a trabajar en casa del impresor Fournier, janseanista como ellos y de una moral reconocida por todos. Alejándolo del objeto de sus inquietudes amorosas, esperaban enderezar al joven y convertirlo en un miembro más de su honesta comunidad.

Colette, la mujer del tal impresor, no debía de estar tan entusiasmada con la rigurosidad de su marido, y Retif, afectado por el parecido de su nueva patrona con Jeannette Rousseau, juró morir de amor por ella sin revelar jamás los sentimientos que le inspiraba. No iba ser ésta ni la primera ni la última vez que nuestro querido amigo iba a meterse en tan sinceros juramentos.

En este caso, debió faltar en algún momento a su promesa de mantener sus sentimientos lejos del alcance de la afectada, pues al poco tiempo, y sin que se dieran demasiadas explicaciones, Retif es expulsado por su patrón y decide marchar a París en busca de fortuna.


Cuatro

No hice más inscripciones después de aquella primera hasta el 1 de enero de 1780. Aquél día me paseaba por la Isla con una idea que me atormentaba: ¿Cuántos seres que comienzan este año, no lo terminarán? ¿Seré yo uno de esos infortunados?. Conmovido por esta reflexión, tomé mi llave y escribí sobre la piedra, junto al primero de los dos pequeños jardines abiertos que se ven viniendo del puente rojo por el Quai d'Orleans”




Cinco

A Retif lo conocí de dos maneras muy diferentes, aunque casualmente el origen fue en ambos casos parecido. La primera de ellas tuvo lugar hace ya bastante más de diez años, cuando curioseaba tranquilamente en una librería de viejo que hay muy cerca de la cuesta que conduce al castillo de Foix. Ahí di con un antiguo ejemplar de Le Paysan et la Paysanne Pervertis, obra que le dió a conocer allá por la década de los años 70 del siglo XVIII como autor erótico, fetichista, y creador de escenas galantes muy del gusto de la época. Ahí quedó entonces para mi recuerdo, como poco más que una lectura deliciosa con la que pasé un rato entretenido.

La segunda vez fue en Sarlat, en otra librería de viejo que hay en una callejuela que da a la Rue de la Republique. Allá encontré un libro titulado Existences d'Artistes de G. Lenotre que además de ser un pequeño tesoro, es fuente inagotable de interesantísimas historias. En él se hacía un repaso por la vida menos conocida de algunos de los personajes punteros de la cultura francesa: Chardin, Voltaire, Rosseau, Watteau, Hugo, etc... Ahí, en un capítulo titulado Retif, me encontré de nuevo con el autor, y esta vez de una manera más profunda y humana. Contaba Lenotre que más allá de la obra que le hizo tan popular en su época, tuvo otra tan abundante como la anterior, en la que mostraba una obsesiva preocupación por la memoria y el paso del tiempo.

En Monsieur Nicolas, por ejemplo, rescata su propio pasado a partir de una infinidad de pequeños detalles de tal minuciosidad que cuesta creer. Algo parecido ocurre con “Les Nuits de Paris” -creo que es una de las pocas obras que, extractada, se ha traducido al castellano-, donde demuestra un admirable interés por rescatar del olvido instantes de la vida de aquellas clases sociales por las que hasta entonces poco se había preocupado la literatura contemporánea.



Seis

Pero además de todo lo dicho, leí en el libro de Lenotre algo que terminó por atrapar mi interés, haciendo del querer saber más de Retif una urgencia con que la alimentar a mi hambrienta curiosidad. Esto es lo que cuenta:

"Hacia el otoño de 1769, cuando Retif tenía 50 años, concibió el proyecto de grabar sobre los muros de los jardines, sobre la piedra de los balcones, sobre los parapetos de los puertos y, particularmente en la Isla de San Luis, las fechas de las principales circunstancias de su vida y, en cortas frases, las reflexiones que todas ellas le inspiraban, conmemorando así 'la situación feliz o dolorosa' de su ánimo. Por una suerte de fetichismo supersticioso, quería que sus inscripciones fueran trazadas el mismo día del hecho, o bien, el día de su aniversario. Los años siguientes, el día indicado, regresaba a leer sus queridos jeroglíficos, los acariciaba con sus manos, y los repasaba más profundamente si creía que la intemperie amenazaba con borrarlos”.



Siete

Desde su más tierna infancia, Rétif sentía pasión por las fechas y aniversarios, pasión que, al igual que su hábito por la escritura, obedecía a una manifiesta ansiedad por combatir el olvido y la muerte. Parece como si quisiera detener el tiempo, dar una forma a cada momento con la que fuera reconocible, de manera que con su sola visión, despertara en él la evocación de lo que sentía y pensaba en el instante en que la marcó en la piedra.

Al repasar la vida de Retif y su costumbre de marcar su memoria, uno no puede evitar el volver a aquella historia de los compagnons que hace ya mucho tiempo pasó por uno de mis cuadernos. Seguramente el sentimiento que le movió a grabar en la piedra aquellas llamadas al recuerdo era muy parecido, aunque pienso también que en el caso de Retif había algo de íntimo, más para su propio consumo, como manera de ir confirmándose que a pesar del paso del tiempo él continuaba sobreviviendo, engañando a la muerte.

El mismo cuenta en su Monsieur Nicolas que la idea de confiar a las piedras aquellos nombres y fechas la tuvo en 1754, cuando encontró en la Catedral de Auxerre una inscripción junto a una sepultura que decía “Guillain, 1540”: “pensé -apunta- en todos aquellos que habían escrito allá sus nombres y que ya no estaban aquí; ví, sentí lo absurdo de la muerte y de la vida...”


viernes, 10 de abril de 2009

Benedicto Mol

Es poco lo que se puede decir sobre el tiempo pasado. Desde que uno decidió guardar silencio.

Únicamente del deseo de volver. De seguir convirtiendo en palabras aquello que... ¿qué?

Ni siquiera sé por dónde empezar...

Demonstres, ubi sint tuae tenebrae

Un poco de luz.

Escucha.

¿Oyes sus pasos?

¿No?

Sigue las huellas de estas palabras, y te acompañaré hasta el lugar que te tengo reservado.

Lee.

Cada vez que intentamos reconstruir la vida de una persona desde la distancia del tiempo, parece como si toda ella no hubiera sido otra cosa que un continuo vagar en busca de un fin que, en la mayor parte de las ocasiones, no queda nada claro para nosotros. Olvidamos aquello de que lo que vale es el camino, y esperamos verle llegar al momento en que compone su gran obra. Si no es así, es decir si no tenemos claro cuáles fueron sus cinco minutos de gloria, pues lo dicho: que no nos queda claro qué diablos ha venido a hacer este individuo entre nosotros.

Es un absurdo.

O eso puede parecer.

De mi afición temprana a las novelas del oeste tuvo gran culpa mi abuelo, verdadero devorador de aquellas historias de Marcial Lafuente Estefania. Recuerdo acompañarle los sábados a la mañana a una pequeña tienda del centro de la ciudad, donde le cambiaban la que había leído por otra de la misma colección. Por sus manos pasaban títulos como “El tropel de Oklahoma” o “Comarca sin ley”, que poblaban mi imaginación de innumerables aventuras llenas de tiros, persecuciones y peligrosos malvados.

- ¿Cuántos llevas matados por ahora? -le preguntaba a mi abuelo cuando entraba a visitarle y me lo encontraba leyendo a Estefanía.

- !Bah!, hoy van pocos, dos o tres de momento, aunque esto promete calentarse -me respondía sin casi levantar la vista del libro.

Solía quedarme sentado frente a él en la mesa de la cocina observándole con curiosidad. Cuando terminaba el capítulo que estaba leyendo, se levantaba, cogía su abrigo y con un “vamos, forastero” me abría la puerta para que le acompañara en su paseo matutino.

Con el tiempo, uno fue abandonando aquellas cosas, e incluso el poso que dejaron todas las películas de sesión matinal continua que disfruté en compañía de mi gavilla de amigos y que nos costó, en más de una ocasión, ser perseguidos por el acomodador como si se tratara del Sheriff del lugar...

Todo quedó más o menos así de yermo. Con el único recuerdo de los paseos con mi abuelo y una devoción eterna por aquella magnífica “Centauros del desierto”. Poco más.



No es de extrañar pues que mi vuelta a este mundo de la mano de Parkman reavivara en mí su buena porción de viejos recuerdos. Pero no iban a ser éstos, sino otros, los que darían un nuevo giro a mi viaje, llevándome allá donde no hubiera imaginado que iba a llegar siguiendo a una caravana de pioneros camino de Oregón.

Una noche no precisada de aquél año de 1846, Francis Parkman acampó en medio de las extensas llanuras del medio oeste, en compañía de un grupo de cazadores y aventureros británicos. Habían decidido viajar separados de los colonos para evitar verse envueltos en alguna de las continuas reyertas que se producían entre ellos.

Él mismo nos cuenta cómo preparaban todo para sentarse al fuego a cenar, en medio de aquella soledad. Uno de sus compañeros llevaba un libro en la mano, lo que hizo que Parkman intercambiará con él algunas palabras a propósito del autor. Ambos lo conocían, así como a algún otro autor muy nombrado en Inglaterra por aquél entonces:

- Borrow, el autor de “La biblia en España”. Imagino que lo conocerá.

- !Oh, claro!. Conozco a todos esos hombres. Por cierto que fue él quien me dijo que uno de los escritores de su país ha fallecido recientemente: el juez Story. En Londres edité alguno de sus libros, no sin alguna errata, me temo.

Oir, o mejor dicho, leer hablar de Borrow a un grupo como ese, perdido en la inmensidad de aquellas praderas, fue algo que me sorprendió bastante. Supe después, porque lo cuenta en una de sus cartas, que Parkman leyó “La biblia en España” en su viaje de ida a Europa, mientras viajaba a bordo de un barco llamado, también me pareció curioso, Nautilus. Está claro que, si uno quiere, puede perderse en cualquier lugar.

Yo, por mi parte, había quedado en manos del recuerdo de aquél libro de Borrow, y en especial en las de uno de sus más extraños, interesantes e inolvidables personajes: Benedicto Mol.


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